la literatura NO esta compitiendo con el movil

El móvil no tiene la culpa: anatomía de una excusa literaria

El lector no desapareció. Se fue a donde le cuentan historias que le importan. Y la literatura, en lugar de preguntarse por qué se fue, culpó al aparato que lleva en el bolsillo.

Hay un diagnóstico que se repite en ferias del libro, en mesas redondas de escritores, en artículos de suplementos culturales, en discursos inaugurales de congresos de humanidades y en entrevistas a autores que acaban de publicar un libro que nadie compró.

El diagnóstico es este:

La gente ya no lee porque el móvil le robó la atención.

Suena razonable. Suena documentado. Suena a algo que alguien con datos podría respaldar. Y sobre todo, suena a algo que no es culpa de quien lo dice. El problema es externo. El problema es tecnológico. El problema es una pantalla de seis pulgadas que compite deslealmente contra Dostoievski con videos de gatos y notificaciones del dispositivo.

El móvil como villano. La literatura como víctima. El lector como desertor.

Es un relato cómodo. Es un relato limpio. Es un relato que no exige que nadie se mire al espejo. Pero…

¿Y los autores?

El dato que nadie menciona

Empecemos por lo que es verificable.

Nunca en la historia de la humanidad tanta gente tuvo acceso a tantos libros como ahora. Nunca.

No en la Biblioteca de Alejandría. No en el Renacimiento. No en la Ilustración. No en la era dorada de las librerías del siglo XX. Ahora.

El mismo dispositivo que supuestamente está matando la lectura es el dispositivo que da acceso a millones de libros. En el mismo aparato donde alguien ve un video de TikTok puede descargar Cien años de soledadEl QuijoteCrimen y castigo, toda la obra de Sor Juana, toda la poesía de Pessoa, toda la narrativa de Ursula K. Le Guin, la biblioteca completa de cualquier universidad del mundo.

Gratis en muchos casos. Por unos pesos en otros. Instantáneamente en la mayoría de ellos.

El Kindle, el Kobo, las aplicaciones de lectura, las bibliotecas digitales públicas, los PDFs compartidos, los audiolibros en Spotify, los podcasts literarios, las editoriales independientes que publican directamente en digital: el ecosistema de acceso a la lectura es más amplio, más diverso y más democrático que en cualquier momento anterior de la historia.

El móvil no cerró la puerta de la lectura. La abrió de par en par.

Si alguien tiene en el bolsillo acceso a toda la literatura de la historia de la humanidad y elige no leerla, la pregunta honesta no es “¿qué le pasa al lector?” ni “¿qué le pasa al móvil?”.

La pregunta honesta es: ¿qué le pasa a lo que le estamos ofreciendo?

El lector fantasma

El discurso del “la gente ya no lee” tiene un problema fundamental: no es cierto.

La gente lee más que nunca. Lee todo el día. Lee compulsivamente. Lee en el metro, en la cama, en el baño, en la fila del supermercado, en la sala de espera del dentista. Lee noticias, lee hilos de Twitter, lee newsletters, lee subtítulos de series, lee reseñas de restaurantes, lee instrucciones de IKEA, lee las cajas de cereal, lee mensajes de WhatsApp que a veces son más largos que un capítulo del Quijote.

El ser humano contemporáneo es, posiblemente más lector que nunca.

Lo que no lee —o lee menos— es un tipo específico de texto: el libro. Y dentro de los libros, un tipo aún más específico: la “literatura seria”. La que gana premios. La que reseñan los suplementos. La que se estudia en las facultades de letras. La que un jurado de expertos considera valiosa.

Esa es la lectura que está en problemas. No la lectura en general.

Y la diferencia importa. Porque si el problema fuera la atención —si el móvil hubiera destruido la capacidad humana de concentrarse en un texto largo— entonces nadie leería nada largo. Nadie devoraría sagas de fantasía de ochocientas páginas. Nadie se quedaría despierto hasta las tres de la mañana terminando un thriller. Nadie consumiría libros de cien mil palabras sobre personajes de un universo inventado.

Pero lo hacen. Millones de personas lo hacen.

La capacidad de atención no desapareció. Se redirigió. El lector no perdió la concentración: la concentra en otras cosas.

Y cuando millones de personas demuestran, con su comportamiento real, que son perfectamente capaces de leer textos largos con atención sostenida, pero eligen no hacerlo con la literatura que la industria editorial y la academia consideran importante, la pregunta cambia de dirección.

Ya no es “¿por qué el lector no presta atención?” Es “¿por qué la literatura no le da motivos para prestarla?”

Y es en la misma pregunta donde se encuentra implícita la respuesta.

En aquello que el lector no muestra interés e incluso, en muchos casos, muestra amplios signos de hartazgo: en la “literatura” con sesgo, en la que exige posicionamiento, en la literatura que divide, en la que miente, en la supuestamente culta o académica que se siente por encima de los demás.

Todo eso no son más que circuitos cerrados en donde todos se aplauden como monos.

Pues cerrados quedan, pues.

Mientras tanto, afuera, el lector tal vez está buscando que lo inviten a un viaje en globo por todo el universo, que lo inviten a buscar un tesoro escondido, o tal vez solo quería que lo llevaran a investigar quién fue el culpable. Quizás solo a recorrer un hermoso jardín desde la perspectiva de una abeja.

Y no de una mosca.

Los géneros que crecen (y lo que eso dice)

Hay un dato que los suplementos culturales rara vez mencionan porque contradice la narrativa del apocalipsis lector.

Algunos géneros literarios están creciendo. Significativamente.

La fantasía. La ciencia ficción. El romance. El thriller. El terror. La novela juvenil. La autoficción en sus versiones más accesibles. El manga y la novela gráfica.

Estos géneros no solo sobreviven en la era del móvil: prosperan. Venden más que hace veinte años. Tienen comunidades de lectores activas, apasionadas, que organizan clubes de lectura, que crean contenido sobre sus libros favoritos, que esperan publicaciones con la ansiedad de quien espera el estreno de una película.

BookTok —la comunidad de lectores en TikTok— mueve millones de ventas al año. Un video de sesenta segundos de alguien llorando con un libro ha vendido más ejemplares que la mayoría de las reseñas en suplementos culturales del último lustro.

¿Y qué tienen en común los géneros que crecen?

Cuentan historias.

No historias con ejes transversales. No historias que “reflejan la realidad social”. No historias que la academia aprueba. Historias que enganchan. Que crean mundos. Que generan emociones. Que hacen que el lector quiera pasar la página no porque deba sino porque necesita saber qué pasa después.

Historias que respetan al lector lo suficiente como para entretenerlo.

Entretener. La palabra maldita. La palabra que la literatura “seria” trata como insulto. Como si entretener fuera traicionar. Como si atrapar al lector fuera manipularlo. Como si el placer de la lectura fuera un objetivo menor, indigno de la gran literatura. Como si el Quijote fuera indigno de sí mismo.

Y mientras la literatura seria mira con desdén a los géneros que crecen, los géneros que crecen hacen algo que la literatura seria ha olvidado cómo hacer: crear lectores.

La endogamia del prestigio

¿Qué pasó con la literatura “seria”?

No toda, obviamente. Hay excepciones notables. Hay autores contemporáneos que escriben con ambición literaria y con respeto al lector. Que son exigentes sin ser excluyentes. Que experimentan sin olvidar que al otro lado de la página hay alguien que quiere ser conmovido, sorprendido, transformado.

Pero son excepciones. Y las excepciones confirman la tendencia.

La tendencia es esta: la literatura que aspira al reconocimiento crítico se ha ido cerrando sobre sí misma. Se escribe para otros escritores. Se reseña por otros escritores. Se premia por jurados de escritores. Se estudia en facultades donde los profesores son escritores que enseñan a futuros escritores que enseñarán a futuros escritores.

Es un circuito cerrado. Una conversación de la literatura consigo misma.

Y dentro de ese circuito, ciertos rasgos se han convertido en señales de calidad que funcionan como contraseñas de acceso al club:

La narrativa fragmentada que el lector debe reconstruir. El rechazo a la trama como estructura “comercial”. La ambigüedad como virtud absoluta. El final abierto como prueba de sofisticación. La ausencia deliberada de placer narrativo como señal de seriedad. El hermetismo como profundidad. La dificultad como valor.

No hay nada intrínsecamente malo en ninguno de estos rasgos. Kafka es hermético. Beckett rechaza la trama convencional. Joyce fragmenta. Todos son genios.

Pero Kafka, Beckett y Joyce hacían eso porque lo necesitaban. Porque su visión del mundo requería esas formas. No porque un manual de prestigio literario se lo indicara.

Cuando la fragmentación se convierte en fórmula, deja de ser ruptura y se convierte en convención. Cuando la dificultad se busca por sí misma, deja de ser profundidad y se convierte en pose. Cuando el rechazo al lector se normaliza como señal de calidad, la literatura no se eleva: se vacía.

Y el lector —que no es tonto, que nunca fue tonto, que sabe distinguir entre lo que le exige con razón y lo que le excluye sin ella— se va.

No porque no pueda. Porque no quiere.

Stevenson tenía razón

Robert Louis Stevenson —el autor de La isla del tesoro, ese libro que según ciertos académicos no debería importar porque “solo” es una aventura— escribió algo que sin pasar por esa autonombrada academia, pasó directamente a formar parte de ese gran patrimonio de la humanidad:

“Todos fuimos ese Lloyd Osborne de 12 años, ese Jim Hawkins con alma de pirata antes de irnos a la cama”

Stevenson lo sabía. Sabía que la puerta de entrada de la literatura es el placer. Que antes de transformar, antes de iluminar, antes de expandir la conciencia, la literatura tiene que conseguir algo más básico y más difícil de lo que parece: que alguien quiera seguir leyendo.

Dickens lo sabía. Publicaba por entregas porque sabía que cada capítulo tenía que dejar al lector con ganas del siguiente. Y era Dickens. Y escribía sobre la pobreza, la injusticia, la explotación infantil. Y lo hacía contando historias que la gente quería leer.

Dumas lo sabía. Cervantes lo sabía. Las hermanas Brontë lo sabían. García Márquez lo sabía. Stephen King —despreciado por la academia durante décadas y leído por millones— lo sabe.

Todos entendieron algo que una parte de la literatura contemporánea ha decidido olvidar: que el lector no te debe nada.

No te debe su tiempo. No te debe su atención. No te debe su esfuerzo. No te debe la paciencia de descifrar tu hermetismo ni la generosidad de perdonar tu aburrimiento ni la lealtad de terminar tu libro solo porque alguien con falsa autoridad dijo que era importante.

El lector te da su tiempo voluntariamente. Y puede dejar de dártelo en cualquier momento.

Y cuando elige dárselo a un thriller o a una saga de fantasía en lugar de a tu novela premiada, no es porque sea perezoso o porque el móvil le haya destruido la atención. Es porque el thriller y la fantasía le están dando algo que tú no le das: una razón para quedarse.

El lector quiere recordar, no reconocer.

La acritud como estética

Hay un tono que se ha instalado en una parte significativa de la literatura contemporánea y muy tristemente de manera especial en las letras hispanas y que rara vez se nombra directamente.

La acritud.

No como tema —la literatura puede y debe abordar lo amargo, lo duro, lo difícil de la experiencia humana—. Sino como postura. Como actitud. Como la sensación que transmite el texto de que el mundo es un lugar fundamentalmente miserable y que cualquier intento de encontrar belleza, esperanza o sentido en él es ingenuidad o complicidad.

La literatura ácida. La literatura que mira al lector con una mezcla de condescendencia y desprecio. La literatura que parece escrita desde el convencimiento de que quien busca placer en la lectura es alguien que no ha entendido la gravedad del mundo.

La literatura como castigo por no estar suficientemente triste.

Y esa acritud —que tiene su lugar legítimo en la paleta emocional de cualquier tradición artística— se ha normalizado hasta el punto de convertirse en tono dominante en ciertos circuitos. Como si la amargura fuera sinónimo de lucidez. Como si la desolación fuera sinónimo de profundidad. Como si disfrutar leyendo fuera una señal de superficialidad.

¿Y nos sorprende que el lector se vaya?

El lector vive en un mundo que ya es difícil. Que ya es amargo. Que ya le recuerda cada día, a través de cada notificación en ese móvil que supuestamente tiene la culpa, que las cosas están mal. El lector no necesita que la literatura le confirme lo que ya sabe. Necesita que la literatura le dé algo que no encuentra en otra parte: una experiencia que justifique el tiempo invertido.

Esa experiencia puede ser belleza. Puede ser asombro. Puede ser risa. Puede ser terror. Puede ser la emoción de una trama que no puedes soltar. Puede ser la sacudida de una frase que dice algo que no sabías que necesitabas escuchar. Puede ser, sí, la dureza de una verdad difícil —pero una verdad dicha con arte, no con desdén—.

Lo que no puede ser es aburrimiento disfrazado de importancia.

La fantasía y el desprecio

Hablemos del género más despreciado por la academia literaria y más leído por los lectores reales.

La fantasía.

Tolkien. Le Guin. Pratchett. Gaiman. Rowling. Sanderson. Hobb. Martin.

Nosotros quizás tenemos a Angélica Gorodischer, a José Antonio Cotrina o a Javier Negrete.

Millones —cientos de millones— de lectores en todo el mundo leen fantasía con una devoción, una atención sostenida y una profundidad de análisis que cualquier profesor de literatura envidiaría si se molestara en observarla.

Los lectores de fantasía construyen wikis de miles de páginas sobre los mundos que leen. Debaten matices morales de personajes ficticios con una sofisticación argumentativa notable. Aprenden idiomas inventados. Crean comunidades de análisis textual que rivalizan en rigor con seminarios universitarios.

Eso no es falta de atención. Eso es atención en estado puro.

Y sin embargo, la academia mira a la fantasía con una mezcla de condescendencia y sospecha. Como si fuera literatura menor. Como si el hecho de que tenga dragones o magia la descalificara automáticamente de la conversación seria. Como si entretener y ser profundo fueran mutuamente excluyentes.

Ursula K. Le Guin escribió sobre el género, el poder, la anarquía, la identidad y la otredad con una profundidad que muchos autores de “literatura seria” jamás alcanzaron. Lo hizo en novelas de ciencia ficción y fantasía. Lo hizo con dragones y naves espaciales y mundos inventados.

¿Es menos literatura porque tiene dragones?

Tolkien creó un mundo con idiomas completos, historias milenarias, sistemas morales complejos y una reflexión sobre el poder y la corrupción que sobrevive lecturas académicas de cualquier nivel.

¿Es menos literatura porque tiene elfos?

La respuesta obvia es no. Pero la respuesta obvia no es la que da la academia. La academia, en general, sigue tratando a la fantasía como entretenimiento —con el tono de quien usa esa palabra como insulto— y reservando el estatus de “literatura” para textos que cumplen con ciertos requisitos de dificultad, fragmentación y ausencia de placer narrativo.

Y luego se pregunta por qué la gente no lee “literatura”.

Quizás por que ya faltan los molinos.

El sesgo y la imaginación perdida

Hay algo más sutil y más preocupante que la acritud o la endogamia.

La literatura contemporánea tiene un problema de imaginación.

No de técnica. La técnica está ahí. Los talleres literarios producen escritores que manejan el punto de vista, el ritmo, la estructura temporal, el registro de voz. Las herramientas formales están más disponibles que nunca.

Lo que falta es la voluntad de crear mundos.

La literatura contemporánea parece llevar una agenda —con excepciones, siempre con excepciones— que se ha replegado hacia el atrincheramiento, hacia lo autobiográfico, lo autorreferencial, lo confesional. La autoficción como género dominante. El yo como territorio casi exclusivo de exploración.

El escritor mirándose al espejo y describiendo lo que ve.

Y lo que ve es, con frecuencia, el mundo del escritor: la universidad, el circuito literario, las becas, los residencias, las relaciones sentimentales de personas que viven en ciudades grandes y tienen trabajos creativos y crisis existenciales de clase media ilustrada.

¿Dónde están los mundos? ¿Dónde están las selvas de Traven? ¿Dónde están los mares de Stevenson? ¿Dónde está el Macondo de García Márquez? ¿Dónde están las galaxias de Le Guin? ¿Dónde están las ciudades imposibles de Calvino?

¿Dónde está alguien que diga:

“¡Vengan! Vamos a rescatar a la hija del gobernador de Maracaibo de las manos de esos caníbales!”

¿Dónde está la imaginación que construye algo que no existía antes de que el escritor lo pusiera en la página?

Se fue al cine. Se fue a las series. Se fue a los videojuegos. Se fue a la fantasía y a la ciencia ficción que la academia desprecia.

Se fue a donde alguien todavía tiene la audacia de inventar.

Lo que el lector busca (y siempre buscó)

El lector busca lo que siempre ha buscado. Desde que el primer ser humano se sentó alrededor de un fuego y escuchó a alguien contar algo que no había ocurrido.

Busca que le cuenten una historia.

No una lección. No un eje transversal. No un ejercicio de estilo. No una demostración de virtuosismo técnico. No una agenda ideológica disfrazada de ficción. No un tratado sobre la condición humana escrito en un lenguaje que excluye a quien no tenga un posgrado en letras.

Solo una historia.

Con personajes que le importen. Con un mundo que quiera habitar —o del que quiera escapar—. Con una voz que le hable a él, no que hable sobre él a un jurado de premios. Con una trama que le haga querer pasar la página. Con un final que le deje algo —una emoción, una idea, una imagen, una pregunta— que no tenía antes de empezar.

Eso es todo.

No es mucho. Es lo más difícil del mundo.

Porque contar una historia que funcione —que atrape, que conmueva, que se quede— es infinitamente más difícil que escribir un texto “literario” que cumpla con los requisitos formales del prestigio contemporáneo. Cualquier egresado de un taller de escritura creativa puede producir un texto fragmentado, ambiguo y hermético. Muy pocos pueden escribir una historia que un lector no pueda soltar.

Pero solo quien regala historias se vuelve universal.

La mirada propia en un espejo es inaccesible y la petulancia causa rechazo. Quizá por eso existen videos en YouTube en los que académicos se tratan entre ellos como eminencias mientras, fuera de ese pequeño circuito, el contador de visitas parece llevar años en coma.

Hemingway es accesible. Borges es accesible —sí, Borges, que escribe sobre laberintos y espejos: cualquiera puede leerlo y quedar fascinado aunque no entienda todas las referencias—. García Márquez es accesible. Cortázar es accesible cuando quiere serlo.

Los grandes son accesibles porque dominan su oficio hasta el punto de hacer que lo complejo parezca simple.

Los mediocres son herméticos porque confunden la dificultad con la profundidad.

El móvil como espejo

Volvamos al principio. Al móvil. Al supuesto culpable.

El móvil no mató la lectura. El móvil le puso un espejo a la literatura.

Antes del móvil, el lector tenía menos opciones. Si quería entretenimiento narrativo, el libro competía con la televisión, el cine y poco más. El libro tenía una ventaja comparativa enorme: era portátil, era barato, era accesible en cualquier momento.

El móvil o bien redujo o bien participa también de esa ventaja. De pronto, el lector tiene en el bolsillo acceso a todas las formas narrativas que existen: series, películas, podcasts, videojuegos, redes sociales, y también libros. Todos compitiendo por el mismo tiempo.

Inlcuso Amazon usó la tecnología de punta para que, aun siendo digital, sigas quedando mal por no regresar el libro que te prestaron.

Nada ha cambiado.

Y en esa competencia, la literatura que no ofrece nada que las otras formas no ofrezcan pierde. Obviamente pierde. No porque sea peor intrínsecamente, sino porque no está jugando con sus fortalezas.

¿Cuáles son las fortalezas de la literatura? ¿Qué puede hacer un libro que una serie no puede? ¿Qué puede hacer una novela que un videojuego no puede? ¿Qué puede hacer un poema que un podcast no puede?

La intimidad. La experiencia de estar solo con una voz que te habla directamente a ti, sin intermediación visual, sin banda sonora, sin efectos especiales. Solo palabras y tu imaginación completando el resto.

La profundidad interior. La capacidad de estar dentro de la cabeza de un personaje de una manera que ninguna cámara puede replicar. Leer lo que piensa, lo que siente, lo que no dice. Habitar su conciencia.

El tiempo propio. La lectura es la única forma narrativa donde tú controlas completamente la velocidad. Puedes detenerte en una frase. Releer un párrafo. Cerrar el libro y pensar. Volver mañana. El libro te espera. No tiene algoritmo que te empuje al siguiente capítulo. No tiene autoplay.

El lenguaje como experiencia. Una frase bien escrita produce un placer que ninguna imagen puede producir. Un ritmo, una cadencia, una palabra exacta en el lugar exacto: eso solo existe en la literatura.

Esas son las armas de la literatura. Y son armas poderosas. Invencibles, incluso, cuando se usan bien.

Pero para usarlas hay que querer usarlas. Hay que querer contar historias. Hay que querer llegar al lector. Hay que querer que alguien, en algún lugar, abra tu libro y no pueda soltarlo.

Y una parte de la literatura contemporánea ha dejado de querer eso.

Ha decidido que querer eso es vulgar. Que buscar al lector es rebajarse. Que la popularidad es sospechosa. Que si mucha gente te lee, probablemente no eres lo suficientemente bueno.

Y luego culpa al móvil.

La pregunta que nadie hace en las mesas redondas

La próxima vez que en una feria del libro, en un congreso de humanidades, en una mesa redonda de escritores premiados, alguien diga que “la gente ya no lee porque el móvil le robó la atención”, habría que hacer una sola pregunta:

¿Has considerado la posibilidad de que el problema no sea el lector sino lo que le estás dando de leer?

No es una pregunta agresiva. Es una pregunta honesta. Y la honestidad, en un ecosistema literario que lleva años repitiendo el mismo diagnóstico cómodo sin mirarse al espejo, sería un cambio refrescante.

Porque el lector está ahí. No se fue a ninguna parte. Sigue leyendo. Sigue buscando historias. Sigue queriendo que alguien le cuente algo que lo haga sentir, pensar, imaginar, vivir algo que no viviría de otra manera.

El lector no abandonó la literatura. Está esperando que la literatura vuelva a buscarlo.

Con historias que le importen. Con mundos que quiera habitar. Con personajes que no olvide. Con frases que se queden. Con libros que no pueda soltar, no porque un profesor le diga que son importantes, sino porque él mismo, con su propia experiencia, con su propio tiempo, con su propia libertad de lector, descubre que lo son.

Eso es todo lo que hace falta.

Porque tengamos algo claro: la verdadera literatura:

Jamás ha culpado al lector. Lo ha seducido.

Jamás ha culpado a la época. Se ha inspirado en la suya y en todas las demás.

Jamás ha culpado al móvil. Se ha valido de él.

La verdadera literatura siempre se ha preocupado de:

Escribir mejor.

Contar historias que merezcan ser leídas.

Y confiar en que el lector —que lleva miles de años encontrando las historias que necesita, con o sin tecnología, con o sin academia, con o sin permiso de nadie— las encontrará.

Como siempre las ha encontrado.

Como siempre las encontrará.

Este artículo se escribió en un dispositivo móvil. Se editó en otro. Se publicará en una revista que se lee en papel y en pantalla. Y si alguien lo lee hasta el final —en el formato que sea, en el dispositivo que sea, a la hora que sea— habrá demostrado, con el simple acto de llegar hasta aquí, que la atención nunca fue el problema.