Había una vez un zorrito que vivía solo cerca de un lago grande.
No era un lago bonito ni un lago feo. Era un lago que estaba ahí, como están los lagos, con sus aguas quietas y sus peces escondidos y ese olor a tierra mojada que tienen los lugares donde el agua y el bosque se encuentran y ninguno de los dos sabe bien dónde empieza el otro.
El zorrito iba al lago todas las mañanas. Llevaba un palito con un hilo y en el hilo un anzuelo que había encontrado un día entre las piedras de la orilla. No era un buen anzuelo. Estaba torcido y oxidado y probablemente llevaba mucho tiempo sin pescar nada antes de que el zorrito lo encontrara. Pero era el único que tenía.
Se sentaba en una roca. Tiraba el hilo. Esperaba.
Y los peces, que conocían ese anzuelo torcido mejor que el propio zorrito, pasaban de largo con esa tranquilidad insultante que tienen los peces cuando saben que no corren peligro.
— Miren, ahí está otra vez el zorrito con su anzuelo viejo — decía uno mientras todos los demás peces reían.
Esa mañana fue igual que las otras.
El zorrito llegó temprano, cuando el lago todavía tenía esa bruma baja que parece algodón puesto a secar sobre el agua. Se sentó en su roca. Tiró el hilo. Esperó.
El sol subió. La bruma se fue. El agua se aclaró y el zorrito pudo ver a los peces nadando tranquilamente por debajo de su anzuelo, mirándolo con lo que él juraba que era burla, los peces tiraban de su anzuelo y luego salían nadando entre risas.
El zorrito esperó más con esa esperanza casi heróica de los que saben confiar.
El sol siguió subiendo, los peces cambiaron de lugar. Le dio calor en las orejas. Le dio calor en la nariz. Le dio calor en la panza que le sonaba de vez en cuando como un tamborcito triste recordándole que llevaba mucho rato sin comer.
Nada.
Ni un tirón. Ni un temblor en el hilo. Ni la más mínima señal de que algún pez hubiera considerado siquiera la posibilidad de acercarse a ese anzuelo torcido y oxidado que ya era parte del paisaje del lago tanto como las piedras y las ramas caídas.
El zorrito recogió su hilo. Se levantó de la roca. Se sacudió las hojas del pelaje.
Y empezó a caminar a casa con esa forma de caminar que tienen los que vuelven sin lo que fueron a buscar: despacio, con la cola baja, mirando al suelo como si el suelo tuviera alguna respuesta que la superficie del lago no había querido darle.
Fue entonces cuando lo olió.
Antes de verlo, lo olió.
Un olor a pescado. Pero no a pescado de lago, frío y lejano y escondido bajo el agua. A pescado abierto, caliente, recién sacado. A pescado que alguien estaba comiendo en ese preciso momento en algún lugar cercano.
El zorrito levantó la nariz. Las orejas se le pusieron de punta. La cola —que iba arrastrándose— subió un poco, no mucho, lo justo para señalar que algo había cambiado en el aire.
Caminó hacia el olor. Despacio. Con esa forma de caminar que tienen los zorros cuando quieren acercarse a algo sin que ese algo sepa que se están acercando.
Y lo vio.
Era un gatito.
Pequeño. De color naranja con manchas blancas en las patas y en la punta de la cola. Estaba sentado en un claro del bosque, sobre un tronco caído, con dos pescados abiertos delante de él. Comía con esa concentración absoluta que tienen los gatos cuando comen: sin mirar a los lados, sin preocuparse por nada que no sea el siguiente bocado, como si el mundo entero se redujera al espacio entre su boca y la comida.
Los pescados eran plateados. Brillaban con el sol. Y tenían ese aspecto de recién sacados del agua que hizo que la panza del zorrito sonara otra vez, esta vez más fuerte, como un tamborcito que hubiera perdido la paciencia.
El zorrito se quedó quieto.
Medio escondido detrás de un arbusto. Con la nariz asomando entre las hojas. Con los ojos fijos en los pescados. Con la panza diciéndole cosas que la cabeza no quería escuchar.
Y empezó a soñar.
No soñar dormido. Soñar despierto. Soñar de esa manera en que sueñan los que quieren algo y no se atreven a pedirlo: construyendo en la cabeza la escena que desean antes de saber si es posible.
¿Y si el gatito me invitara un poco?
El pensamiento llegó solo. Sin pedir permiso. Como llegan los pensamientos que tienen que ver con el hambre y con la esperanza, que son dos cosas que se parecen más de lo que parece.
¿Y si me acerco y el gatito me ve y me dice: oye, ¿quieres comer conmigo?
El zorrito dio un paso. Solo uno. Salió un poco del arbusto. Un poquito más.
Y el miedo llegó también. Sin pedir permiso tampoco.
¿Y si no quiere? ¿Y si le molesta que me acerque? ¿Y si me ve y se lleva sus pescados y se va?
La panza decía acércate. La cabeza decía cuidado. Y el corazón —que es el que siempre queda en medio cuando la panza y la cabeza no se ponen de acuerdo— decía las dos cosas al mismo tiempo sin decidirse por ninguna.
El zorrito dio otro paso.
Y mientras caminaba, seguía soñando.
A lo mejor el gatito es amable. A lo mejor tiene más pescado del que puede comer. A lo mejor le gusta tener compañía. A lo mejor…
Cada paso acercaba dos cosas al mismo tiempo: la posibilidad de que el sueño se cumpliera y la posibilidad de que no. Y cuanto más se acercaba, más grande era el sueño y más grande era el miedo. Y ninguno de los dos cabía ya detrás del arbusto, así que los dos —el sueño y el miedo— caminaban con él, uno a cada lado, como dos sombras que no saben cuál es la real.
Otro paso. Más cerca. El olor más fuerte. Los pescados más brillantes. El gatito más real.
Otro paso. El corazón más rápido. La cola entre las patas. Las orejas hacia atrás. Todo el cuerpo diciendo: puedo dar la vuelta todavía. Puedo volver al arbusto. Puedo irme a casa con hambre pero sin el riesgo de que alguien me diga que no.
Porque el hambre duele. Pero el no duele más.
Otro paso.
Y otro.
Y entonces el gatito levantó la cabeza.
Lo miró.
Con esos ojos que tienen los gatos: redondos, directos, sin la menor intención de disimular que te están mirando. Ojos que no juzgan pero que tampoco perdonan. Ojos que ven todo lo que estás sintiendo aunque no quieras que lo vean.
El zorrito se quedó paralizado. A medio camino entre el arbusto y el tronco. Ni aquí ni allá. Con medio cuerpo queriendo avanzar y medio cuerpo queriendo huir.
Y abrió la boca para decir algo —no sabía qué, quizá hola, quizá perdón, quizá algo que explicara por qué estaba ahí parado mirando los pescados de alguien que no conocía— pero no le salió nada.
Las palabras, que a veces llegan cuando no las necesitas y se esconden cuando más las necesitas, habían elegido ese momento exacto para esconderse.
El gatito lo miró un momento más.
Solo un momento.
Y luego hizo algo muy sencillo. Tan sencillo que casi no se nota cuando se cuenta. Tan sencillo que podría parecer pequeño si no fuera, en realidad, una de las cosas más grandes que alguien puede hacer por otro:
Movió uno de los pescados hacia el zorrito.
No dijo nada. No hizo un discurso sobre la generosidad. No puso condiciones. No preguntó de dónde venía ni por qué estaba ahí ni si merecía o no merecía comer.
Solo empujó el pescado con la pata. Hacia el zorrito. Y volvió a comer el suyo con la misma concentración de antes. Como si compartir fuera tan natural que no necesitara ni palabras ni explicación ni ceremonia.
Como si fuera lo más obvio del mundo.
El zorrito se acercó.
Despacio todavía. Pero ya no por miedo. Por algo distinto. Por esa lentitud que tienen los momentos importantes cuando están ocurriendo y algo dentro de ti sabe que están ocurriendo y quiere que duren un poco más.
Se sentó junto al tronco. Olió el pescado. Lo miró. Miró al gatito. Miró el pescado otra vez.
Y comió.
Y mientras comía, algo se le fue soltando por dentro. Algo que llevaba apretado desde la mañana, quizá desde antes de la mañana, quizá desde hacía mucho tiempo. Algo que tenía que ver con las mañanas en el lago sin pescar nada y con las tardes volviendo solo y con las noches en su cueva pensando que las cosas siempre iban a ser así.
Ese algo se soltó. No de golpe. Poquito a poco. Con cada bocado.
Terminaron de comer casi al mismo tiempo.
El zorrito se limpió el hocico con la pata. El gatito se limpió los bigotes con la lengua. Se miraron.
Y entonces —nadie sabe quién empezó porque estos momentos nunca tienen un autor claro— empezaron a jugar.
No como juegan los que se conocen de toda la vida. Como juegan los que se acaban de conocer y descubren con sorpresa que el otro sabe exactamente el juego que necesitaban: perseguirse entre los árboles, rodar por la hierba, esconderse detrás de las piedras y fingir que no se ven aunque se ven perfectamente.
La tarde fue pasando. La luz fue cambiando. Las sombras de los árboles se fueron estirando como gatos —como gatos de verdad, no como el gatito, que estaba demasiado ocupado jugando para estirarse—. Y en algún momento el cielo se puso naranja, que es el color que tiene el cielo cuando el día se está acabando pero no quiere acabarse del todo.
El zorrito y el gatito se sentaron juntos en el tronco. Cansados de jugar. Con esa fatiga buena que tienen los cuerpos que se movieron todo lo que querían moverse. Con esa calma que tienen los que descubren que ya no están solos y todavía no se acostumbraron a la idea y la idea les parece tan bonita que no quieren acostumbrarse nunca.
Y ya no se separaron.
No porque hicieran un pacto. No porque se prometieran nada. No porque firmaran un documento de amistad eterna con cláusulas y condiciones.
Simplemente al día siguiente el zorrito fue al lago y el gatito estaba ahí. Y al día siguiente también. Y al siguiente.
Pescaban juntos. El gatito, que era mejor pescador —los gatos casi siempre lo son, tienen esa paciencia letal que los zorros no tienen—, le enseñó al zorrito dónde poner el anzuelo y cuándo tirar del hilo. El zorrito, que conocía el lago como conocía su propia cola, le enseñó al gatito dónde se escondían los peces más grandes y a qué hora salían.
Y entre los dos pescaban más de lo que cualquiera de los dos habría pescado solo.
Siempre pasa eso cuando alguien que sabe una cosa se junta con alguien que sabe otra.
Comían juntos en el tronco caído. Jugaban en el bosque hasta que el cielo se ponía naranja. Y volvían cada uno a su casa con la panza llena y el corazón un poco más grande que el día anterior.
Porque los corazones hacen eso: crecen cada vez que alguien les da una razón para no tener miedo.
Y el lago, que había visto todo desde el principio —con esa paciencia infinita que tienen los lagos, que llevan siglos viendo cosas y nunca dicen nada—, siguió ahí.
Quieto. Con sus peces. Con su bruma de la mañana. Con su olor a tierra mojada.
Pero un poco distinto.
Porque un lago donde dos amigos pescan juntos no es el mismo lago donde un zorrito pescaba solo.
Es el mismo agua. Pero no es el mismo lago.