Emilio Salgari fue un autor que en el pico de su carrera, cada una de sus novelas principales registraba tiradas inmediatas de más de 100,000 ejemplares. Y que a día de hoy, entre todas, ha vendido varias decenas de millones de copias en todo el mundo a lo largo de la historia.
¿Quién se apunta?
Aquí tenemos a los primeros valientes:
Los guardianes de la “alta cultura” italiana. Comencemos por Benedetto Croce, el filósofo, historiador y crítico literario más poderoso de la Italia del siglo XX —quien dictaminó que la literatura de aventuras para jóvenes no era “arte” sino pedagogía barata o mero consumo comercial—. Debido a esto, la academia italiana prohibió la entrada de Salgari en los libros de texto y antologías escolares durante más de medio siglo.
Giuseppe Antonio Borgese: Uno de los críticos y académicos más influyentes de la era de entreguerras. Dejó por escrito una de las descalificaciones más feroces contra el autor al afirmar que Salgari escribía en un “italiano ilegible e imposible”, acusando a sus libros de ser planos y de carecer de verdadera sustancia psicológica o intelectual.
Con esto, el señor Borgese reconocía que un niño de once años que se desvelaba leyendo a Salgari, con tal de saber la suerte que le depararía a Honorata de Van Guld, tenía capacidades tanto de lectura como de comprensión mucho más allá de los limites del propio académico.
No, no es burla.
Suele ocurrir.
Hubo más. Hubo un tal Olindo Giacobbe que se quejaba de la “pobreza lingüística” de Salgari, mientras que Francesco d’Ovidio, filólogo, crítico literario y miembro de la prestigiosa Accademia della Crusca (la institución máxima de la lengua italiana) menospreciaba el léxico de Salgari por considerarlo un lenguaje “contaminado” por tecnicismos náuticos y geográficos sacados de enciclopedias, en lugar de utilizar el italiano purista y académico de la época.
Aquí tengo que interrumpir, porque uno de esos miles y miles de niños fui yo. Y sí, me contaminé de ese léxico.
—¡por las arenas de Olonne!—balbuceaba a mis casi once años cuando me ponían barrer el jardín de las hojas de eucalipto que caían a diario.
—¡Por todos los rayos de la tormenta!—proseguía.
Pero no solo eso.
No tenía aún doce años cuando ya me había leído todos los libros sobre piratas que encontré en la biblioteca que estaba junto a mi escuela.
Incluyendo Los Piratas de América de Alexandre Olivier Exquemelin. Y aún recuerdo cada página de El Filibusterismo de los hermanos Jacques y François Gall, y que formaba parte de la mítica colección de Breviarios del Fondo de Cultura Económica.
No hace falta mencionar más nombres, que, aunque no sobrarían, basta con cada uno de ellos se autoevalúe.
¿Cuánto ha influído en los hábitos de lectura de la sociedad? Porque damas y caballeros… la literatura por ahí empieza.
Preguntas como a cuántos han hecho soñar, a cuántos han hecho reír, a cuántos han hecho llorar, a cuántos de sus lectores han cautivado con sus letras… no hace falta hacerlas.
Todos estos académicos, ¿Cuántos libros han vendido?
Esta pregunta no sobra.
¿Salgari tuvo oportunidad de corregir sus 84 libros?
Esta pregunta tampoco sobra.
Porque mientras los libros de Croce, Giacobbe, Borgese y d’Ovidio hoy juntan polvo en los estantes más oscuros de las bibliotecas universitarias —leídos únicamente por obligación por otros académicos igual de solemnes, y aplaudirse entre ellos, tal como suele suceder—, la “tinta contaminada” de Salgari sigue navegando.
¿Tus libros también navegan?
Algunos piensan que sus libros no navegan porque son de alta cultura.
Es por eso que no tienen vergüenza para cobrar por ellos y vivir de las becas, sin aportar mucho más que crítica, teoría y solemnidad.
Vamos a hablar de cultura, entonces.
La supuesta literatura “menor” tiene la desagradable costumbre de sobrevivir a quienes la desprecian. El Corsario Negro no solo dejó descendencia en la novela de aventuras: su línea genealógica atraviesa el cine, la cultura popular y, finalmente, los videojuegos.
Si seguimos el rastro con la seriedad que merece cualquier investigación académica, descubriremos que leyendas pixeladas como Guybrush Threepwood, The Mighty Pirate!, no son otra cosa que el nieto desconocido del Corsario Negro.
No de Brazo-de-Acero.
No de Long John Silver.
Del Corsario Negro.
Y, claro, sin todo esto, Elaine Marley no existiría.
¿Cuál es la cultura, entonces?
¿La que consigue que alguien quiera leer otro libro?
¿La que consigue que un niño busque en una biblioteca quiénes fueron los piratas reales?
¿O la que necesita subvenciones, congresos y comités para demostrar que sigue viva?
Quizá la cultura no sea aquello que conseguimos declarar “alta”.
Quizá sea aquello que, sencillamente, sigue navegando.
— Por ✒︎ Don Desiderio, Don Desiderio escribe despacio porque cree que las prisas producen adjetivos innecesarios.
