Gómez de la Serna: La última trinchera de la imaginación

gruegerías

La fórmula de la greguería frente al ruido del mundo

Hubo un tiempo en que los hombres se mataban con fusiles y otro en que empezaron a hacerlo con adjetivos.

Los hombres aprendieron que la mente era el verdadero campo de batalla.

Las palabras aprendieron a marchar en formación. Unas llevaban uniforme rojo, otras negro, otras azul. Todas exigían ser pronunciadas con vehemncia y solemnidad.

Entonces apareció un hombre que decidió perder el tiempo.

Mientras el mundo discutía sobre el destino de las naciones, Ramón Gómez de la Serna observaba un paraguas.

Descubrió que un paraguas cerrado era el bastón de una nube.

Y siguió caminando.

Parecía una frivolidad.

No lo era.

Porque quien es capaz de encontrar un murciélago dormido dentro de un paraguas ya no puede mirar el mundo exactamente igual que antes.

Las greguerías no intentaban convencer a nadie.

Las ideologías sí.

Las greguerías no buscaban adeptos.

Buscaban cómplices.

Hay una diferencia enorme.

El fanático necesita que todos piensen igual.

La imaginación necesita que cada uno mire distinto.

Quizá por eso Ramón llegó a subirse a la Torre Eiffel con un megáfono para lanzar greguerías al viento.

No era publicidad.

Era una travesura contra la solemnidad.

Como quien arroja pompas de jabón en medio de un desfile militar.

Las pompas no derrotan a los soldados.

Pero les recuerdan que también fueron niños.

Ramón Gómez de la Serna y el exilio: Cuando la realidad dejó de sonreír

Después llegó la Guerra Civil.

Las opiniones dejaron de conversar y comenzaron a dispararse.

Los grises sustituyeron a los matices.

La ironía empezó a resultar sospechosa.

Ramón hizo las maletas.

No huyó de una discusión.

Huyó de un lugar donde la imaginación había dejado de tener permiso para respirar.

Donde ya no era tolerada.

Porque los extremismos tienen una característica curiosa.

Se parecen muchísimo entre sí.

Todos exigen el mismo gesto.

La misma cara.

La misma frase.

La misma indignación.

Y todos consideran peligrosa a la persona que todavía es capaz de reír.

El mundo sigue necesitando menos razón y más greguerías

Cien años después seguimos discutiendo igual.

Solo hemos cambiado la plaza por la pantalla.

Las tribunas por las redes sociales.

Los panfletos por los algoritmos.

Hoy un partido de fútbol basta para que desconocidos se insulten durante horas.

En las calles se golpean.

Una marca de teléfonos.

Un político.

Un cantante.

Un videojuego.

Todo termina convirtiéndose en una pequeña guerra civil de bolsillo.

Tal vez no falten opiniones.

Tal vez sobren.

Lo que escasea son las personas capaces de detener la conversación con una sonrisa inesperada.

Una greguería hace exactamente eso.

No responde.

Desvía.

No vence.

Desarma.

No humilla.

Sorprende.

Es una llave inglesa lanzada dentro del mecanismo perfecto de la solemnidad.

Y el mecanismo, durante un instante, deja de hacer ruido.