O de cómo aprendimos a escribir con guantes de seda y olvidamos que los libros, los de verdad, siempre tuvieron un poco de “sangre“ en las páginas.
Hace poco terminé una novela que había ganado un premio importante. No voy a decir el título porque no viene al caso y porque, en el fondo, podría ser cualquiera. La novela estaba bien escrita. La prosa era limpia, los personajes estaban cuidadosamente representados, las dinámicas de poder se señalaban con la delicadeza de quien coloca una etiqueta en un frasco de museo. No había un solo párrafo que pudiera ofender a nadie. No había un solo personaje que cayera en un estereotipo. No había una sola frase que un comité de lectura pudiera señalar con un marcador amarillo.
Y al cerrar el libro sentí exactamente lo mismo que siento al cerrar la puerta del refrigerador después de mirar sin hambre: nada.
Absolutamente nada.
El blindaje perfecto
Vivimos una época fascinante para la literatura, y lo digo sin ironía. Nunca antes se había publicado tanto, nunca se habían escuchado tantas voces, nunca el catálogo de una librería había sido tan diverso. Todo eso es real y es bueno y no pienso discutirlo. Pero en paralelo a esa explosión de voces ha crecido otra cosa, más silenciosa y más difícil de nombrar: el miedo.
El miedo a la palabra equivocada. El miedo a la metáfora imprudente. El miedo a que un lector —o peor aún, un lector con cuenta de Twitter (así le sigo diciendo, llámenle manía) y captura de pantalla— encuentre en tu página 147 una frase que, sacada de contexto, suene como una ofensa imperdonable. El resultado es una literatura que se escribe hacia atrás: no desde lo que el autor necesita decir, sino desde lo que el autor necesita evitar.
Y cuando escribes desde la evasión, el texto se nota. Se nota como se nota un abrazo dado con los brazos rígidos: técnicamente es un abrazo, pero el cuerpo sabe que algo falta.
La academia y su sombra larga
No quiero caricaturizar a la academia, porque la academia ha hecho cosas extraordinarias por la literatura. Nos enseñó a ordenar las cosas. Luego los académicos es otra cosa.
Pero hay un momento en que la herramienta se convierte en jaula. Cuando el escritor empieza a imaginar al crítico antes que al lector, cuando cada frase pasa por un filtro mental de posibles objeciones antes de llegar al papel, algo se pierde. Se pierde la imprudencia. Se pierde el riesgo. Se pierde esa cualidad eléctrica que tienen los textos escritos por alguien que todavía no sabe si lo que está diciendo es aceptable pero que necesita decirlo de todos modos.
La literatura políticamente impecable es, casi siempre, literatura emocionalmente estéril. Y no porque la corrección sea mala en sí misma —insisto, la inclusión no es el problema—, sino porque la cautela extrema y la emoción genuina son incompatibles. No se puede gritar con la boca tapada. No se puede llorar con un manual de estilo en la mano.
Los libros que muerden
Pensemos en los libros que de verdad nos cambiaron la vida. Los que leímos a los dieciséis años debajo de las sábanas con una linterna. Los que nos hicieron llorar en el metro. Los que nos obligaron a cerrar la tapa y mirar por la ventana durante diez minutos porque necesitábamos respirar.
¿Eran libros “correctos”? Probablemente no.
Pedro Páramo está lleno de muertos que hablan como si estuvieran vivos y de vivos que parecen muertos, y Rulfo no se detuvo a explicar si su representación del México rural era suficientemente matizada. Su hijastro, Cien años de soledad tiene un personaje que se come la tierra y otro que asciende al cielo en sábanas, y García Márquez no pidió permiso a nadie para mezclar lo sagrado con lo absurdo. El corazón de las tinieblas de Conrad es, según los estándares actuales, un campo minado de problemas raciales, y sin embargo la lectura de ese libro te deja una cicatriz que ningún ensayo bienintencionado ha logrado borrar.
Esos libros no pedían disculpas.
No anticipaban objeciones.
No habían sido leídos por un sensitivity reader antes de la tercera edición. Eran imperfectos, incómodos, a veces profundamente problemáticos. Y precisamente por eso estaban vivos.
Porque la vida es incómoda. La vida es problemática. La vida no viene con notas al pie ni con advertencias de contenido. Y la literatura que intenta domesticar esa incomodidad termina pareciéndose a un zoológico: todo está en su lugar, todo es seguro, todo tiene un cartel explicativo, pero ya nadie ruge.
Las palabras son puentes rotos
Aquí está la tesis que quiero dejar sobre la mesa, con toda la fragilidad que merece: las palabras, por sí solas, no conectan.
Las palabras son herramientas torpes. Son aproximaciones. Son intentos desesperados de meter un océano dentro de una botella. Cuando un escritor elige cada palabra como quien elige cada ingrediente de una receta aprobada por un nutricionista, el resultado puede ser técnicamente impecable y nutricionalmente correcto, pero nadie va a chuparse los dedos.
Lo que conecta no es la palabra precisa sino el sentimiento que la palabra apenas logra rozar. Lo que nos hace llorar con un libro no es la sintaxis sino la sensación de que alguien, al otro lado de la página, está sufriendo lo mismo que nosotros y no tiene miedo de decirlo mal. De decirlo feo. De decirlo de una manera que quizás mañana le cause problemas pero que hoy es la única verdad que le cabe en la garganta.
El sentimiento es desprolijo.
El sentimiento no respita cuotas ni protocolos. El sentimiento llega tarde, se va antes de tiempo, dice lo que no debía y calla lo importante. Y la literatura que logra capturar eso —aunque sea de forma imperfecta, aunque sea de forma incómoda— es la que sobrevive.
Un elogio de la imperfección
No estoy proponiendo que volvamos a escribir como en 1950. No estoy pidiendo que resucitemos los prejuicios de otras épocas bajo la excusa de la “libertad creativa”. Eso sería tan estético como moralmente perezoso, y no me interesa.
Lo que estoy proponiendo es algo más simple y más difícil: que dejemos de escribir para que no nos regañen y empecemos a escribir para que alguien, en algún lugar, sienta que no está solo.
Que permitamos que los personajes se equivoquen de verdad, no de forma calculada para luego ser redimidos en el tercer acto. Que dejemos que la prosa se desborde, que se ensucie, que diga cosas que no caben en un tuit de denuncia. Que confiemos en que el lector es un adulto capaz de distinguir entre un personaje racista y un autor racista, entre una escena de violencia y una apología de la violencia.
La literatura no es un tribunal. No es un manual de convivencia. No es un espacio seguro, y quizás no debería serlo, porque los espacios seguros son lugares donde nada peligroso sucede, y la literatura buena siempre es un poco peligrosa.
Cierro el libro premiado, el impecable, el inofensivo, y lo coloco en el estante junto a otros libros que tampoco me dijeron nada. Después busco en la repisa de abajo, la de los libros viejos y descuajeringados, y saco uno que leí hace veinte años y que tiene una mancha de café en la página 83. Lo abro al azar. Leo un párrafo. Y algo se me rompe por dentro, suavemente, como se rompen las cosas que importan.
Eso es todo. Eso es lo único que le pido a un libro: que me rompa algo. Aunque sea un poquito. Aunque sea de forma incorrecta.
Porque de la corrección no se vuelve. De una grieta en el pecho, a veces, sí.
— Por Juana la charrasqueada, artista callejera, no escribe como habla pero es fiel defensora del pan con corteza
