“Leer es de pobres…”, nada más lejano de esa afirmación que suele salir a flote cada cierto tiempo, y que recientemente salió en palabras del crítico literario Rubén Lopez.
Ojalá fuera cierto eso de que leer es de pobres. Eso significaría que la gran mayoría de la humanidad tiene el hábito de leer.
Pero no es así. Y menos en el mundo hispano, donde uno de los mayores obstáculos para el acceso a la lectura sigue siendo, precisamente, el factor económico.
Pero no el único.
Cuando la maquinaria social comienza a funcionar al revés, produce fricción. Y esa fricción se traduce en un sistema educativo que te obliga a memorizar en lugar de pensar, en jornadas laborales que te dejan el cerebro frito para cuando llegas a casa, y en una industria que prefiere vender estatus antes que historias.
Leer o no leer
A todo esto sumemos la propaganda. Una propaganda que de ninguna manera es ajena a la literatura. Todo lo contrario. Esta es uno de los campos de batalla intelectual más activos.
En consecuencia, una librería se convierte en un campo minado en donde, paradójicamente y en muchos casos… más conviene no leer nada si se ha de correr ese riesgo.
Todo esto conduce a una puerta falsa, que al abrirse deja apreciar perfectamente el hilo conductor de dos vasos comunicantes.
Leer te puede vaciar el cerebro, mientras que no leer también.
Es debido a esto, que resulta totalmente entendible que personajes como María Pombo, no encuentre un mejor argumento ante algo que sintió como un ataque directo, argumentando que: “no sois mejores porque os guste leer”.
Y es que lo fue.
Aunque se lo tomó demasiado personal, desde su punto de vista tiene toda la razón.
No puedo estar más de acuerdo con ella, porque:
La lectura no es una religión y el lector tampoco merece una aureola.
Y en cuanto a sus gustos lo tengo más que superado.
Incluso me atrevo a afirmar que me la sudan. Tanto sus gustos por la lectura y por cualquier otra actividad.
Pero hasta aquí con ella.
De momento.
Para los que sí nos gusta leer, vamos a jugar a expandir, quizás hasta límites insospechados, todo lo que puede haber detrás de esta frase no por lo que dice ni por quien lo dice.
Sino por ambas cosas.
Y llegados a este punto, y para no sacar su frase de contexto, mejor salimos a mar abierto.
El problema no es leer o no leer. Es qué clase de relación tenemos con aquello que exige un esfuerzo antes de concedernos una recompensa.
Y aquí conviene dar tan solo un pasito más allá de ese punto de vista cada vez más extendido, tan ciego, tan limitado.
Pronto podemos apreciar que renunciar voluntariamente a todo aquello que no produce una recompensa inmediata, puede acabar empobreciendo la imaginación, el lenguaje y hasta la capacidad de pensar por uno mismo.
Y eso…
No nos hace mejores personas.
Mientras que todo lo que implica leer, es decir; el esfuerzo sostenido, la disciplina intelectual y el encuentro con ideas ajenas, sí tienen la capacidad de mejorar a una persona.
¿Qué ocurre cuando una sociedad abandona sistemáticamente actividades que exigen esas capacidades?
Porque leer no es solo consumir información. Es practicar varias cosas raras en el siglo XXI: prestar atención durante mucho tiempo, aceptar que no entiendes algo a la primera, escuchar una voz distinta a la tuya, aplazar la recompensa, convivir con la duda, cambiar de opinión.
Es apreciar el valor y el esfuerzo propio, lo cual nos acerca a apreciar el valor y el esfuerzo de los demás.
Nos aleja del desprecio.
Y una persona que aprende a no despreciar a los demás, definitivamente se convierte en una mejor persona.
Siempre y cuando sepa mantenerse en esa línea, sin despreciar a nadie. De lo contrario, rápidamente perdería lo ganado.
Nihilismo colectivo
Si no me produce placer inmediato, utilidad inmediata o beneficio económico, probablemente no merece mi tiempo.
Estas son las llamas del siglo XXI: no arden los libros. Arde el esfuerzo necesario para leerlos.
Es por eso que sentarse delante de algo que no está diseñado para retenerte cada ocho segundos y continuar aunque al principio no te recompense, resulta contraintuitivo para las mayorías.
Y es también debido a eso, que personajes como María Pombo y tantos otros, produzcan mierda en cantidades industriales justamente en esos formatos y, al mismo tiempo, necesiten justificar que aquello que no les interesa tampoco merece demasiado esfuerzo.
Con frases que parecen inocentes como: “tenéis que superar que hay gente que no le guste leer” no parece que simplemente defiendan su respetable postura.
Una postura que sin duda “superaremos”.
Pero resulta llamativo que, ante la crítica de que sus estanterías estaban llenas de objetos y no de libros leídos, su respuesta no fuera simplemente defender sus gustos, o explicar que era un juguetero y no un librero.
¿O qué tal algo mixto?
Sino pedir que se superara la afición de otros.
Tanto el tono como el significado de la palabra revelan con claridad no solo el desprecio a posturas diferentes, sino un profundo desprecio a la cultura del esfuerzo.
Porque normalmente no es la “palabrota”, es el tono en que se suelta esa “palabrota”.
Puede no gustarme leer, pero aprecio e incluso puedo admirar a muchos que sí tienen esa capacidad.
Porque es de entre esas filas de donde han salido esas piedras que soportan la torre donde vivimos todos.
Una civilización construye una torre durante siglos. Cada generación recibe unas piedras colocadas por la anterior. Algunas son magníficas, otras horribles, algunas están equivocadas y sí, habrá que sustituirlas.
Pero toda reforma comienza por conocer aquello que se pretende cambiar. Y la lectura es uno de los primeros medios que tenemos para hacerlo.
No se vale por tanto, que yo defienda la nada disfrazándola de respeto solo para justificar mi propia pobreza.
No se trata de convertir los libros en medallas morales, porque no lo son y muchos de ellos también son mierda. Incluso con capacidad de hacer mucho más daño. Sino de no convertir la superficialidad en una exigencia colectiva para que nadie se sienta incómodo en su miseria.
Porque el nihilismo al nacer de la falta de aprecio, es un ácido corrosivo que no se queda en un solo lugar, sino que ocasiona una reacción en cadena.
Falta de aprecio a la lectura.
El equiparar el valor de la lectura con el valor de no hacerlo, conlleva un desprecio implícito de aquel que lee parrafadas en su cama.
O en el sillón de su casa.
En este caso, empieza con el desprecio a un hábito, el de leer.
De ahí salta al desprecio por el público que lee, por quien se esfuerza, por quien se aventura en caminos nuevos en cualquier campo del conocimiento.
El que aprende cosas nuevas y que por lo tanto es capaz de escribir y enseñar a los que vienen.
La inmediatez y los atajos, invariablemente terminan en el desprecio absoluto por el valor de la verdad, de la cultura y del esfuerzo humano.
Solo los likes importan.

La hoguera del siglo XXI no necesita fuego; no hace falta quemar los libros si consigues que nadie quiera abrirlos.
