Las primeras historias vivían solo en la voz antes de ser fijadas en papel, pero historias eran.
Y siguen siendo.
La escritura convierte sonidos efímeros en sonidos duraderos a través de la imaginación. Del conocimiento compartido, como el canto de los pájaros. Como el sonido del viento a su paso entre los árboles. Como las mismas cantaletas de siempre.
El mito, la leyenda y el canto ya eran literatura viva antes de la primera palabra escrita.
La literatura conserva voces, pero no inventó la necesidad de contar historias, de transmitir el miedo, el amor o el asombro.
Solo la conserva dentro de sus capacidades.
Tanto las formas como los fondos, fueron importados a la literatura, pero no son patrimonio exclusivo de ella. Más bien todo eso forma patrimonio de esas voces.
Voces humanas.
No creas que por el estilo de tu prosa, es que tu voz vale más que la de los demás.
Sin importar si tu verso tiene once sílabas, o solo tiene ocho. Si rima o deja de rimar. O simplemente es demasiado hermoso; tus sentimientos no valen más que los de los demás.
Hay envoltorios bonitos, palabras mejores que otras, formas que te llevan a otro lugar o que simplemente explican mejor. Eso nadie lo duda.
“Era un hombre de nariz grande”
vs
“Érase un hombre a una nariz pegado”
Nadie puede negar que la segunda forma tiene flow. Es memorable, tanto que lleva cuatrocientos años y no la hemos olvidado.
Una maestría brutal que consigue con apenas un verso endecasílabo, demostrar que más vale el fondo que la forma.
Porque, ¿de qué vale hablar “bonito” si no se va a decir nada?
