No se por qué mi mente se fue hasta las cuevas de Altamira.
Pero sin ir tan lejos y no hace mucho, conseguí abrir una cuenta en la ahora llamada red social X. Tenía muchos años de no entrar, pero mi impresión fue exactamente la misma que cuando era Twiter.
Claro, en realidad no tenía por que ser diferente.
La misma anatomía, el mismo escenario. Un tema cualquiera y un montón de insultos y barbaridades escritas sobre ese mismo tema.
Con esto no quiero decir que todo el mundo es igual.
Nada de eso.
Hay quien entra en una estación de servicio y se encarga tanto de sus necesidades como las de su vehículo.
Sin más aspavientos.
El retrete digital
El supuesto anonimato que puede sentir cualquiera en ambos escenarios, es el desencadenante de que todo cuanto hay dentro, salga fuera.
A nadie le gusta que le vean cagar.
Pero sí dejar constancia.
Sí, soltar todo lo que se quiera soltar, aunque después alguno se arrepienta y lo intente borrar. Pero eso de borrar no siempre pasa.
No hace falta.
Tampoco hace falta subir una foto de perfil. Por lo menos no la propia, no sea que después vaya usted a salir en una lista mañanera.
Pero mejor no se fie.
Tampoco hace falta fiarse.
Inquilinos del desahogo
No deje usted sus palabras en donde no pueda ser su dueño. Que ni la puerta de un baño ni los hilos de X son un libro de visitas.
Guárdese sus palabras y no se deje llevar.
Que siempre ha valido más el recato y sobre todo el pensar.
Que para desahogos, siempre mejor en casa.
Y para miserias con las propias basta.
Por que afuera las paredes tienen memoria, pero no tienen abogado.
Y hasta las miserias salen con su copia de seguridad.
