En 1923, un muchacho de veintitrés años pagó con dinero de su padre la impresión de trescientos ejemplares de un libro de poemas que nadie le había pedido. No los mandó a las librerías. No los mandó a los críticos. Los metió, uno por uno, en los bolsillos de los abrigos colgados en el guardarropa de una revista literaria. Sesenta años después, ciego y a punto de morirse en una ciudad extranjera, todavía preguntaba por esos abrigos.
Un libro impreso a las apuradas
El libro se llamó Fervor de Buenos Aires y se imprimió con prisa, porque la familia se iba a Europa y los barcos no esperan a los poetas.
Cinco días, dicen. Cinco días en una imprenta en alguna de las calles de los cien barrios donde el plomo se derretía y las líneas salían torcidas y nadie tuvo tiempo de revisar nada.
La tapa la hizo Norah, la hermana, una xilografía. La tapa no estaba cosida al cuerpo del libro: iba puesta encima, como un saco prestado, como si el objeto mismo supiera que no iba a durar y prefiriera no comprometerse.
Hubo erratas.
Hubo versos que salieron mal y que el autor corrigió después, a mano, con tinta, ejemplar por ejemplar, en los pocos que alcanzó a corregir.
Eso significa que en algún lugar del mundo hay páginas de 1923 con la letra de un muchacho que todavía veía.
Trescientos ejemplares que su padre pagó sin chistar. El padre, que había querido ser un Jorge Luis Borges antes que Jorge Luis Borges, puso la plata sin discutir, como quien paga una deuda que contrajo consigo mismo hace mucho tiempo.
Y entonces el muchacho hizo algo raro.
El robo al revés
No mandó el libro a las librerías. Le daba vergüenza. Tampoco lo mandó a los diarios, ni a los críticos, ni a los señores importantes que en aquel Buenos Aires decidían quién era poeta y quién era un chico con ínfulas.
Agarró unos cincuenta ejemplares y se fue a la redacción de Nosotros, la revista literaria de la época, y le pidió a Alfredo Bianchi —uno de los directores, un hombre paciente— que los repartiera. Bianchi, según recordaría Borges medio siglo después, lo miró con espanto y le contestó algo así como: ¿usted pretende que yo me pare en la calle Florida a vender sus libros como un mercachifle?
Y el muchacho dijo que no. Que no era eso. Que lo que quería era otra cosa.
Que los metiera en los bolsillos de los sobretodos colgados en el perchero.
Como Bianchi se negó demostrando que no era un contrabandista de poesía, fue el mismísimo joven poeta quien se encargó de tan noble acción.
Hay que detenerse acá un momento, porque en ese día está todo lo que después sería la literatura argentina. Un escritor que no quiere vender su libro: quiere plantarlo. Que no busca lectores: los siembra, a ciegas, en la ropa de desconocidos, como quien tira semillas al voleo sabiendo que la mayoría va a caer en la piedra.
Un robo al revés. Un carterista que en vez de sacar, pone.
Un valiosísimo regalo, la poesía de un desconocido justo en tu bolsillo. Un troyano entre tu ropa de abrigo, un polizonte junto a tu estuche del tabaco.
No podrías decir que no lo has leído, las pruebas te delatan.
Lo que pasó en los bolsillos
Aquí la historia se vuelve niebla, y hay que contarla como se cuentan las nieblas.
Se dice que un contador de la calle Perú encontró uno de esos libritos en el tranvía, camino a su casa, y creyó que se lo había dejado un ladrón arrepentido. Lo abrió en la página donde dice las calles de Buenos Aires ya son la entraña de mi alma y se pasó tres cuadras de su parada.
Nunca escribió una línea en su vida, pero durante cuarenta años, cada vez que caminaba de noche por un barrio vacío, le venía una frase que no era suya y que no sabía de dónde le venía.
Se dice que un abogado se lo llevó a Rosario en el bolsillo, sin abrirlo, y que el libro hizo el viaje pegado a las costillas de un hombre que no sabía que lo llevaba, calentándose con un calor ajeno, que es la única forma en que los libros viajan de verdad.
Muchos aseguran que a un señor se lo pusieron en el sobretodo equivocado —porque en los percheros de invierno todos los sobretodos son el mismo sobretodo— y que así el libro le llegó a un tipo que no tenía nada que ver con la literatura, un veterinario, y que ese fue, tal vez, el mejor lector que tuvo.
Como siempre pasa, uno de los ejemplares nunca salió del bolsillo. Que el sobretodo se colgó en un ropero de Villa Urquiza en el otoño del 23 y ahí se quedó, y que en 1978 un nieto vació la casa de los abuelos y encontró en el forro un cuaderno finito que olía a tabaco y a naftalina y a una ciudad que ya no existía. Lo tiró. O no lo tiró. Nadie sabe. En esta historia todos los finales están vivos al mismo tiempo.
Y se dice —esto sí consta— que algunos de aquellos desconocidos leyeron el libro y escribieron sobre él. Que cuando el muchacho volvió de Europa, se encontró con que en su ausencia, sin proponérselo, sin haber vendido un solo ejemplar, se había convertido en poeta.
Los abrigos como siempre, habían hecho el trabajo.
