Cada vez que alguien dice que la literatura “debe” hacer algo, la literatura lleva siglos respondiendo de la misma manera: haciendo exactamente lo que le da la gana. Y la historia, siempre le termina dando la razón.
Recientemente Víctor Hugo Vázquez Rentería, académico de la Facultad de Idiomas de la Universidad Veracruzana (UV), sostuvo que:
“La literatura no debe separarse de la realidad social.”
Hay una frase que aparece cíclicamente en entrevistas académicas, en mesas redondas de humanidades, en artículos de suplementos culturales y en discursos de premiación. Cambia ligeramente de forma según la época y el contexto, pero el fondo es siempre el mismo:
La literatura debe ser un reflejo de la realidad social y de las problemáticas de la humanidad.
Suena bien. Suena responsable. Suena a lo que un intelectual comprometido diría mientras asiente un auditorio de personas que valoran las humanidades y creen en la función transformadora del arte.
Por otro lado, para las personas que crean y transforman y no solo “valoran” desde un falso pedestal, suena limitante, suena ignorante, suena coartante y sobre todo…
Suena vacío.
Sin embargo y al margen, esa frase contiene una palabra que merece ser examinada con más cuidado del que habitualmente recibe. No “literatura”. No “realidad social”. No “separarse”.
La palabra es “debe”.
Debe.
Un verbo que no describe. Que prescribe. Que no observa lo que la literatura hace sino que le indica lo que tiene que hacer. Que convierte una posibilidad legítima —escribir desde y sobre la realidad social— en obligación universal. Que transforma una opción estética y sobretodo creativa en mandato.
Y cada vez que alguien le dice a la literatura lo que debe hacer, conviene preguntarse: ¿quién decide? ¿Con qué autoridad? ¿Y qué pasa con todo lo que queda fuera de ese “debe”?
¿Acaso se trata de un intento de invadir lo más íntimo que es el alma?
La historia del “debe”
La frase no es nueva. Tiene genealogía. Y su genealogía es más incómoda de lo que su apariencia bienintencionada sugiere.
En la Unión Soviética de los años treinta, el realismo socialista se codificó como doctrina oficial del Estado. El arte debía reflejar la realidad social. Debía ser comprensible para las masas. Debía servir a la construcción del socialismo. Debía mostrar al obrero heroico, al campesino digno, al futuro luminoso que el Partido prometía.
El “debe” era ley. Literalmente.
Los escritores que no se ajustaban eran censurados, marginados o, en los casos más extremos, eliminados. Mandelstam murió en un campo de tránsito. Bulgákov fue silenciado durante años. Ajmátova vivió bajo vigilancia. Pasternak fue obligado a rechazar el Nobel.
No estamos comparando a un profesor universitario mexicano con Stalin. La comparación sería absurda e injusta. Pero sí estamos señalando que la estructura lógica de la frase —”la literatura debe hacer X”— tiene un historial que conviene conocer. Porque las ideas no existen en el vacío. Tienen antecedentes. Y los antecedentes de prescribirle a la literatura lo que debe hacer son, como mínimo, problemáticos.
En la España franquista, la censura también decía lo que la literatura debía y no debía hacer. Desde el lado opuesto del espectro político, con los mismos resultados: arte empobrecido, voces silenciadas, imaginación amputada.
En la China maoísta, el discurso de Yan’an de 1942 estableció que el arte debía servir a los obreros, campesinos y soldados. Debía ser popular en forma y socialista en contenido. Debía.
El verbo “deber” aplicado a la literatura tiene un historial que ningún otro verbo tiene. Y ese historial está manchado de tinta y de sangre.
Lo que la frase deja fuera
Volvamos a la formulación original: “La literatura no debe separarse de la realidad social.”
Aceptemos por un momento que la intención es buena. Que quien la dice no pretende censurar nada. Que simplemente cree que la literatura es mejor cuando aborda problemas sociales, cuando tiene conciencia política, cuando se compromete con su tiempo.
Es una posición legítima. Pero es una posición, no una verdad.
Y el problema de presentar una posición como verdad universal es lo que queda fuera. Lo que la frase excluye. Lo que implícitamente descalifica o rebaja.
Porque si la literatura “no debe” separarse de la realidad social, entonces ¿qué hacemos con lo siguiente?
¿Qué hacemos con Alicia en el país de las maravillas?
Un libro sobre una niña que cae por un agujero y se encuentra con un gato que sonríe y una reina que quiere cortar cabezas. Un libro que no aborda la violencia de género, ni la migración, ni la sustentabilidad, ni los derechos humanos. Un libro que, según la prescripción del “debe”, estaría separado de la realidad social.
Y sin embargo es uno de los libros más importantes de la literatura universal. No a pesar de su aparente irrelevancia social, sino precisamente porque su libertad imaginativa absoluta abrió posibilidades de pensamiento que ningún tratado social podría haber abierto.
Lewis Carroll no se propuso transformar la sociedad. Se propuso seguir la lógica del absurdo hasta sus últimas consecuencias. Y al hacerlo, sin quererlo, sin proponérselo, creó una obra que ha sido leída como crítica al poder, como exploración de la identidad, como cuestionamiento de la lógica autoritaria, como precursora del surrealismo.
La obra hizo más de lo que el autor pretendía. Porque era libre.
¿Qué hacemos con La isla del tesoro?
Un libro de aventuras. Piratas, mapas, tesoros enterrados. Ningún eje transversal de violencia de género, ninguna reflexión sobre sustentabilidad, ninguna agenda de derechos humanos explícita. Robert Louis Stevenson quería contar una historia para entrener a su hijastro. Nada más. Nada menos.
Y creó una de las novelas más leídas de la historia de la lengua inglesa. Una novela que ha formado lectores durante más de un siglo. Que ha introducido a millones de personas al placer de leer, de viajar a través de las letras. Que ha hecho más por la literatura —simplemente haciendo que la gente quiera leer— que muchos programas académicos de fomento a la lectura con ejes transversales y objetivos curriculares y sin ningún tipo de sesgo.
¿Qué hacemos con Borges?
Borges, que escribía sobre laberintos, sobre espejos, sobre bibliotecas infinitas, sobre tigres que no existen y mapas que coinciden con el territorio. Borges, que fue criticado durante décadas por no ser “comprometido”. Borges, al que Cortázar —desde su posición más politizada— le reprochaba la falta de compromiso social.
Borges, que hoy es el escritor en lengua española más influyente del siglo XX.
No a pesar de su “separación de la realidad social”. Sino porque su exploración de la imaginación pura, del lenguaje como universo autónomo, de las ideas como materia narrativa, expandió los límites de lo que la literatura podía hacer de una manera que la literatura “comprometida” de su época rara vez consiguió. En tanto los planfletos fueron muy prolíficos.
¿Qué hacemos con Emily Dickinson?
Mil ochocientos poemas escritos en la soledad de una habitación en Amherst, Massachusetts. Poemas sobre la muerte, sobre la luz, sobre una mosca, sobre la eternidad vista desde una ventana. Ningún programa social. Ningún eje transversal. Ninguna “obligación de discutir los problemas del presente”.
Y es una de las voces más revolucionarias de la poesía moderna.
¿Qué hacemos con Kafka?
Un hombre que se convierte en insecto. Un agrimensor que nunca llega al castillo. Un hombre juzgado por un crimen que nadie le explica. Kafka no escribió sobre la realidad social de su tiempo en ningún sentido convencional. Escribió sobre algo más profundo, más estructural, más permanente: la experiencia de vivir en sistemas que no tienen sentido y que sin embargo ejercen poder absoluto sobre el individuo.
Y al hacerlo, sin proponérselo, sin tener “ejes transversales” en su escritura, creó la metáfora más poderosa del siglo XX sobre la burocracia, el totalitarismo y la alienación.
Kafka no tenía agenda social. Tenía imaginación. Y la imaginación hizo el trabajo que la agenda no podía hacer.
El Postureo: La trampa de lo noble
El problema de la frase “la literatura debe reflejar la realidad social” no es que sea malvada. Es que es noble.
Y las ideas nobles son las más difíciles de cuestionar. Porque quien las cuestiona parece estar en contra de lo noble. Si dices que la literatura no tiene obligación de abordar la violencia de género, pareces estar a favor de la violencia de género. Si dices que un libro no necesita tratar la migración para ser valioso, pareces ser insensible a la migración.
La trampa es perfecta: la idea se protege con su propia bondad.
Pero la bondad de una idea no la hace verdadera. Y la nobleza de una intención no la convierte en buena prescripción estética.
Siendo amables, termina en un sofisma.
Es por eso que el postureo siempre se autocomplace pero nunca arregla nada, ni lo hará. Y no por falta de ganas, sino de capacidad.
La literatura puede abordar la realidad social. Muchas obras maestras lo hacen. Los miserables lo hace. Las uvas de la ira lo hace. Pedro Páramo lo hace. El Ciclo de la Caoba de Traven lo hace con una fuerza que sacude.
Pero lo hace porque quiere. No porque debe.
Y esa diferencia —entre querer y deber, entre elegir y obedecer, entre la libertad de abordar un tema y la obligación de hacerlo— es exactamente la diferencia entre literatura viva y la falsa literatura con instrucciones.
El aula y la prescripción
Hay un agravante cuando la frase viene de un profesor.
No porque los profesores no tengan derecho a tener posiciones —lo tienen, por supuesto—. Sino porque la posición de un profesor es, por definición, una posición de autoridad, autoridad ante sus alumnos claro está. Lo que un profesor dice en un aula tiene un peso que lo que dice un escritor en una entrevista no tiene. Porque el estudiante está ahí para aprender. Y lo que el profesor presenta como verdad, el estudiante tiende a recibirlo como verdad.
Si un profesor dice “la literatura puede abordar la realidad social y aquí vamos a explorar cómo lo hace”, está abriendo una puerta. Está invitando. Está mostrando una posibilidad.
Si un profesor dice “la literatura no debe separarse de la realidad social”, está cerrando todas las demás puertas. Está diciendo que hay una forma correcta de hacer literatura y que las otras formas son, implícitamente, incorrectas. O al menos inferiores.
¿Qué pasa con el estudiante que quiere escribir fantasía? ¿Que quiere escribir ciencia ficción? ¿Que quiere escribir poesía abstracta, juegos de lenguaje, experimentos formales que no tienen ninguna relación directa con la violencia, la migración o los derechos humanos?
¿Ese estudiante recibe el mensaje de que su impulso creativo es válido? ¿O recibe el mensaje de que debería estar escribiendo sobre otra cosa? ¿De que su imaginación, si no está al servicio de una causa reconocible, es menos valiosa?
La prescripción desde la cátedra no es opinión. Es formación. Y formar escritores y lectores bajo la premisa de que la literatura tiene una obligación temática específica es formar escritores y lectores con una idea empobrecida de lo que la literatura puede ser.
La Comicidad de la Academia.
Desde cualquier perspectiva que valore la libertad radical del arte, la frase “la literatura no debe separarse de la realidad social” es involuntariamente cómica.
Porque el dadaísmo nació exactamente como respuesta a un mundo que le decía al arte lo que debía hacer.
En 1916, en el Cabaret Voltaire de Zúrich, un grupo de artistas hartos de una Europa que se desangraba en la Primera Guerra Mundial decidieron que el arte debía dejar de tener sentido. No porque el sinsentido fuera un capricho, sino porque el sentido —el sentido oficial, el sentido patriótico, el sentido que justificaba la guerra— era cómplice de la barbarie.
Si el sentido produce trincheras, bienvenido el sinsentido. Si la razón produce masacres, bienvenida la sinrazón. Si la “realidad social” es una carnicería, el arte tiene todo el derecho del mundo a separarse de ella.
Tristan Tzara leyendo poemas hechos con palabras sacadas de un sombrero. Hugo Ball recitando sonidos sin significado vestido con un traje de cartón. Hans Arp haciendo collages dejando caer papeles al azar.
¿Era eso “separarse de la realidad social”?
Solo si entiendes la realidad social de manera estrecha. Porque el dadaísmo, al destruir las formas del arte convencional, estaba haciendo una declaración política más radical que cualquier novela de realismo social: estaba diciendo que el sistema entero —incluido el sistema de significados, incluido el lenguaje, incluidas las instituciones culturales— estaba podrido y había que empezar de cero.
No con un programa. No con ejes transversales. Con dinamita.
Dinamita fina.
Las obras que no “debían” existir
Hagamos un ejercicio rápido.
Obras que, según la prescripción de que la literatura no debe separarse de la realidad social, serían difíciles de justificar:
Las mil y una noches: fantasía pura. Genios, alfombras voladoras, sultanes caprichosos. Ningún eje transversal reconocible.
El Quijote: un loco que pelea con molinos. Cervantes no se propuso abordar la migración ni la sustentabilidad. Se propuso burlarse de las novelas de caballería. Y creó la novela moderna.
Cien años de soledad: realismo mágico. Gente que levita, lluvia de flores amarillas, mujeres que ascienden al cielo tendiendo sábanas. García Márquez no escribió un tratado social. Escribió un mito. Y ese mito dijo más sobre América Latina que la mayoría de los tratados sociales.
Peter Pan: un niño que no quiere crecer. No hay agenda. No hay eje transversal. Hay imaginación pura. Y ha sobrevivido más de un siglo porque toca algo que ningún programa académico puede tocar: el miedo universal a perder la infancia.
Rayuela: Cortázar jugando con la estructura de la novela. Rompiendo la linealidad. Proponiendo que el lector elija su propio camino. No hay “deber” en Rayuela. Hay libertad formal llevada al extremo. Y esa libertad resultó ser más subversiva que cualquier panfleto.
Ninguna de estas obras “debía” existir según la prescripción.
Todas existen. Todas son fundamentales. Todas hicieron más por la humanidad —incluyendo su conciencia social— que la inmensa mayoría de las obras que sí se propusieron explícitamente abordar “las problemáticas que aquejan a la humanidad”.
Lo que la literatura hace cuando la dejan
Hay un patrón que se repite con una consistencia casi sospechosa en la historia de la literatura.
Las obras que más han transformado la conciencia social son, con frecuencia, las que no se propusieron hacerlo.
Kafka no se propuso criticar la burocracia totalitaria. Escribió sobre la angustia de existir en sistemas incomprensibles. Y creó la metáfora más duradera del totalitarismo del siglo XX.
Orwell sí se propuso criticar el totalitarismo en 1984. Y lo hizo brillantemente. Pero 1984 funciona no porque tenga agenda sino porque es una novela extraordinaria. La agenda sin calidad literaria produce panfleto. La calidad literaria sin agenda produce, muchas veces, obras que terminan siendo más políticas que los panfletos.
Carroll no se propuso cuestionar la autoridad. Escribió un cuento para una niña. Y Alicia se convirtió en una de las críticas más demoledoras al poder arbitrario que existen en la literatura.
El Profeta del Nopal no necesitó que nadie le explicara que la creación artística debía cumplir una función social. Tomó la ciudad, sus personajes, sus miserias, su humor y sus contradicciones y los convirtió en canciones. No necesitó un programa para hablar de la realidad: le bastó con vivirla y convertirla en música.
La literatura transforma cuando es libre. No cuando es obediente.
Y “libre” no significa “apolítica”. Significa que la política —cuando aparece— aparece porque el autor necesita que aparezca, no porque un programa o un “debe” se lo exija.
La confusión entre el aula y la obra
Hay algo que quizá explica la persistencia de la frase y que vale la pena distinguir con cuidado.
El aula y la obra no son lo mismo.
Un profesor puede —y probablemente debe— incluir en su cátedra reflexiones sobre violencia, discriminación, migración, derechos humanos. Porque el aula es un espacio de formación integral. Porque los estudiantes necesitan herramientas para pensar críticamente sobre el mundo que habitan. Porque la educación tiene una responsabilidad social que va más allá de la transmisión de contenidos técnicos.
Todo eso es cierto y es valioso.
Pero de ahí a decir que la literatura misma tiene esa obligación hay un salto lógico que no se sostiene.
El profesor puede usar la literatura para hablar de problemas sociales. Puede elegir obras que aborden esos temas. Puede crear espacios de reflexión donde la literatura sea punto de partida para pensar la realidad.
Lo que no puede hacer —o no debería— es decir que la literatura que no hace eso es menos literatura.
Porque en el momento en que lo dice, está descartando a Borges, a Dickinson, a Carroll, a Cervantes en su dimensión más lúdica, a todo el dadaísmo, a todo el surrealismo, a toda la literatura fantástica, a toda la ciencia ficción que no tiene agenda social explícita, a toda la poesía que se ocupa de la luz, del silencio, de la muerte, del amor, del lenguaje mismo.
Está descartando la mayor parte de la literatura que ha hecho que la literatura exista.
La palabra que falta
La frase sería perfecta con un solo cambio.
No “la literatura no debe separarse de la realidad social”.
Sino: “la literatura no tiene por qué separarse de la realidad social”.
O mejor aún: “la literatura puede —entre otras muchas cosas— abordar la realidad social.”
“Puede.”
Esa sola palabra lo cambia todo. Abre en lugar de cerrar. Invita en lugar de prescribir. Reconoce que la literatura sobre la realidad social es valiosa sin implicar que la literatura que no la aborda es menos valiosa.
“Puede” respeta la libertad del escritor. “Debe” la anula.
“Puede” deja espacio para Kafka y para Steinbeck. Para Borges y para Traven. Para Alicia en el país de las maravillas y para Las uvas de la ira. Para el poema que habla de una mosca y para el poema que habla de una guerra.
“Debe” obliga a elegir bando. “Puede” permite habitar todos.
Lo que la literatura debe (si es que debe algo)
Si la literatura tiene alguna obligación —y esto es discutible, gloriosamente discutible, y ojalá se discuta durante siglos más— quizá sea solo una:
Ser libre.
Libre de agendas. Libre de prescripciones. Libre de los “debe” que cada época intenta imponerle desde la derecha o desde la izquierda, desde la academia o desde el mercado, desde la buena intención o desde la mala fe.
Libre para hablar de la guerra y libre para hablar de una mariposa. Libre para denunciar la injusticia y libre para describir la luz de las cuatro de la tarde. Libre para comprometerse con una causa y libre para no comprometerse con ninguna. Libre para ser útil y libre para ser gloriosamente inútil.
Porque la inutilidad de la literatura es, paradójicamente, su mayor utilidad.
Un poema sobre una paraguas no resuelve ningún problema social. Pero enseña a mirar. Y quien aprende a mirar una mosca con atención puede aprender a mirar todo lo demás con atención. Incluida la injusticia. Incluido el dolor ajeno. Incluido el mundo.
La literatura no transforma el mundo diciéndole al lector qué pensar. Lo transforma enseñándole a mirar.
Y para enseñar a mirar, necesita ser libre de mirar donde quiera. Sin permiso. Sin programa. Sin ejes transversales que le digan hacia dónde apuntar los ojos.
La literatura que mira solo donde le dicen que mire es literatura con anteojeras.
Y la literatura con anteojeras no ve el mundo.
Ve solo lo que le permitieron ver.
Y todo esto porque el hombre fue creado libre por lo tanto todas sus obras tambien.
