Las mentiras no están en las palabras, tampoco lo están en las letras, sino en los corazones.
En un cuento no hay engaño, hay fantasía. Las ovejas no hablan, pero tampoco mienten. Los búhos no hablan ni son maestros en ninguna ciencia conocida, pero tampoco intentan alterar nuestra tranquilidad.
Son las personas las que intentan, a través de fábulas, de comparaciones, de metáforas y relatos, las que intentan enseñarnos cosas y dejarnos algo. Y muchas veces lo consiguen.
Eso es literatura.
Una complicidad silenciosa entre dos almas que jamás se conocerán en persona. El autor estampa su propia verdad oculta tras el disfraz de un zorro astuto o un caballero andante, y el lector, al otro lado de la página, entra en ese mundo con los ojos bien abiertos.
Porque sabemos, en el fondo, que para explicar las verdades más grandes del ser humano, se necesitan ovejas que hablen y búhos sabios para recordarnos lo que significa estar vivos, sentir miedo, o descubrir el amor.
Por eso también se necesitan Princesas que salvar o tesoros que encontrar.
Porque los humanos necesitamos soñar.
La mentira nace en la intención.
La fantasía se rompe cuando intenta pasar por una verdad que no la sustenta, como podría ocurrir en una fábula.
No.
La mentira, al no tener sustento, se esconde entre verdades.
Así nace el sofisma.
La falacia sustituye a la fábula.
Y cuando esta se ampara en otras tantas, nace la falsa literatura.
Letras oscuras que no buscan enseñar, sino manipular. Letras que confunden, en lugar de aclarar.
Letras que no respetan la libertad que nos fue heredada.
Son las mismas palabras que impresas, buscan robarnos la inocencia. Son propaganda perversa que nos lleva a mundos falsos, mundos inquietantes que se trasladan a vivir en nuestra realidad presente.
Discursos y opiniones disfrazadas de conocimiento.
Letras que son capaces de llevarnos al odio y a la guerra.
Semillas de mentira.
