Ahab: El Pequod es la verdad desnuda (entrevista completa)

Don Desiderio de la Tinta abordó el Pequod una madrugada de mar inmóvil, a pocas millas de Nantucket y a varias leguas de cualquier geografía razonable. El capitán Ahab recibió a nuestro corresponsal sobre cubierta, con una pierna de marfil, una cicatriz que le bajaba desde la sien hasta perderse bajo la camisa y esa expresión de quien lleva cuarenta años discutiendo con una puerta cerrada. No hubo café. Hubo una jarra de algo oscuro que el capitán llamó “medicina” y el médico de a bordo se negó a identificar.

Entrevista: Don Desiderio de la Tinta

Don Desiderio de la Tinta: Capitán Ahab, gracias por recibirme.

Ahab: No lo hice por usted.

DD: Lo sospechaba.

Ahab: Lo hice porque el mar estaba demasiado callado. Cuando el mar se calla, uno acepta entrevistas, matrimonios, inversiones arriesgadas. Cualquier cosa con tal de no oírse pensar.

DD: ¿Puedo sentarme?

Ahab: Puede. Pero no se apoye en esa borda. La madera está podrida.

DD: ¿Por el salitre?

Ahab: Por las metáforas. Este barco ha cargado demasiadas.

El nombre de la obsesión

DD: Empecemos por ella, capitán. Moby Dick.

Ahab: (el nombre parece atravesar la cubierta; un marinero deja caer un cubo a lo lejos.) No la nombre como si fuera una señora a la que se presenta en una cena.

DD: Es una ballena.

Ahab: Eso dice usted. Eso dicen los naturalistas. Eso decía Starbuck, que era un hombre bueno y por eso no entendía nada. Una ballena es un animal. Moby Dick era la respuesta blanca del universo a una pregunta que nadie había hecho.

DD: ¿Qué pregunta?

Ahab: (mira el horizonte) Por qué duele.

DD: Capitán, con respeto: quizá le arrancó la pierna porque era una ballena atacada.

Ahab: (se ríe una vez, sin alegría) Mire qué bien les ha ido a ustedes con la sensatez. Pasan la vida explicando las cosas hasta que la explicación les cabe en un frasco. La bestia salió de abajo, me agarró y me dejó en el agua. Cuando volvieron por mí, el mar estaba rojo y yo era otro hombre. No porque me faltara una pierna. Las piernas, créame, son reemplazables. Lo que no se repone es todo lo demás. El tiempo.

DD: ¿Y sintió que ella lo había visto?

Ahab: Sentí que alguien más, por medio de esa frente blanca, había mirado mi alma, había mirado lo que yo no quería ver.

La cuestión de la pierna

DD: Hablemos de la pierna de marfil.

Ahab: Todo el mundo quiere hablar de ella. Nadie pregunta por la pierna sana. La pierna sana ha trabajado mucho más.

DD: ¿Es incómoda?

Ahab: Es marfil. ¿Qué cree? Cuando hay humedad se queja. Cuando hace frío se queja. Cuando hace calor se queja. Cuando siente que se aleja del mar pesa como una tonelada. Y hace un ruido espantoso contra la cubierta.

DD: ¿Nunca pensó en madera?

Ahab: ¿Mejor? Una pierna de madera te hace carpintero. Una de hierro te hace soldado. Una de marfil te hace leyenda. Ya no tenía elección. Además, si me ponía una cómoda, los jóvenes dejarían de escucharme.

DD: ¿La leyenda necesita incomodidad?

Ahab: La leyenda necesita un objeto. Un sombrero, una cicatriz, una pierna, una espada, un anillo. El público no recuerda a los hombres: recuerda las perchas donde cuelgan a los hombres.

Sobre la profecía y el final

DD: Fedallah.

Ahab: (Su mano se aprieta contra el pomo de su bastón; la pierna de marfil da un golpe seco contra la madera). Ese hombre no es un tripulante, Don Desiderio. Es una sombra que se bajó en este barco porque compartimos el mismo idioma del desastre. ¿Qué sabe usted de él?

DD: Sé que le prometió inmortalidad con trampas de palabras. Le habló de dos coches fúnebres en el mar y de una cuerda de cáñamo.

Ahab: Desde el primer día. Desde que vi la blanquitud bajo el agua y sentí que el mundo se inclinaba. La pregunta nunca fue si ganaría. La pregunta fue si llegaría al final con los ojos abiertos. Y llegué. (Pausa.) Eso es lo único que puede reclamar un hombre como yo. No la victoria. La vigilancia.

DD: (Silencio.)

Ahab: Fedallah solo me dio las condiciones de mi fin.

DD: El ataúd.

Ahab: La caja de capa que hicieron con la madera del barco, cuando ya no había madera nueva. Ismael la hinchó con cuero. Es un ataúd que navega. Un ataúd que se convierte en balsa. Ironía terrible: la cosa que debía llevarme al fondo se quedó a flote. Algo de eso me conmueve. Que el mar se burla de los pronósticos y, sin embargo, se acuerda de los detalles que uno no espera.

DD: ¿Y ella murió?

Ahab: Murió, sí. Y yo. Y el Pequod. Y Starbuck. Y Fedallah. Y los tres de la batería, los tres del popa. Todos suficientes para que la historia no quede en una sola nota. Todos morimos aquel día.

Un negocio poco sentimental

DD: El Pequod es un barco ballenero. Hay una contradicción que algunos lectores señalan: usted persigue a una ballena, pero su tripulación persigue ballenas todos los días para convertirlas en aceite.

Ahab: (vuelve el rostro lentamente) ¿Lectores?

DD: Gente que ha leído su historia.

Ahab: Ah. Esos. Sí, hay una contradicción. Bienvenido al comercio marítimo. Nosotros matamos ballenas para que en Boston las señoras puedan leer novelas de noche sin quedarse ciegas.

DD: Aceite para lámparas.

Ahab: Aceite para lámparas, jabón, velas, lubricante. El mundo moderno se encendía con grasa de monstruo marino, grasa de ballena. Y después vienen a decirme que yo estaba loco por perseguir una sola ballena. El mundo entero estaba persiguiendo miles, pero con facturas y contabilidad; eso les parecía razonable.

DD: ¿No le interesaba el dinero?

Ahab: El dinero es una forma lenta de la venganza: acumulas cosas para demostrarle a alguien que no te destruyó. Yo no tenía paciencia para eso.

DD: Usted es de los pocos capitanes, si no el único al que los lectores también temen.

Ahab: He pensado mucho en ello (mira al horizonte.) Tal vez si hubiera sido más empático habría podido ayudar al señor Melville.

Starbuck, el sensato

DD: Su primer oficial, Starbuck, trató de detenerlo.

Ahab: Starbuck era un cuáquero de Nantucket. Rezaba bien, administraba mejor y dudaba con elegancia. Es el tipo de hombre que cualquier barco necesita y cualquier tragedia debe apartar primero.

DD: Él le dijo que era blasfemo vengarse de una criatura irracional.

Ahab: Y tenía razón. Eso es lo que más me irritaba de Starbuck: que tenía razón con una voz bajita. Uno puede pelearse con un necio; al necio le gritas y queda resuelto. Pero un hombre justo, un hombre que te mira con pena y tiene razón… ese te persigue más que una ballena.

DD: ¿Por qué no le hizo caso?

Ahab: Porque cuando un hombre se ha pasado años convirtiendo su dolor en brújula, ya no sabe navegar sin él. Si seguía a Starbuck, llegábamos con aceite, con ganancias, quizá con todos vivos. Y entonces yo tenía que aprender a vivir con lo que me faltaba. (Toca la pierna de marfil.) No estaba dispuesto.

DD: ¿No le faltaba su familia en aquellos mares del sur?

Ahab: Esa cuestión ya la había aprendido.

Los muchachos del bote

DD: ¿Y la tripulación? ¿No sintió responsabilidad por ellos?

Ahab: Sí. Por eso los elegí tan bien.

DD: No parece una respuesta tranquilizadora.

Ahab: No lo es. Había hombres de todas partes: Queequeg, Tashtego, Daggoo, Stubb, Flask. Gente que el mundo había puesto en una cubierta porque no tenía dónde ponerla. Los barcos son así: pequeñas naciones obligadas a flotar juntas.

DD: Ismael, el narrador, dice que el Pequod era como el mundo.

Ahab: Ishmael habla demasiado. Es un buen muchacho, pero entra a una posada buscando cama y termina dándole a usted una conferencia sobre la anatomía del cachalote. Le preguntas la hora y te cuenta la historia de Jonás.

DD: ¿Le caía bien?

Ahab: Apenas lo conocí. Ese es uno de los secretos de los capitanes: los marineros creen que los miras, pero tú solo ves movimiento. Una mano en una cuerda. Una espalda bajo la lluvia. Un hombre que falta cuando haces la cuenta.

Sobre Melville, ese empleado

DD: Capitán, hay que hablar del hombre que lo escribió: Herman Melville.

Ahab: (mira hacia la cabina, como si alguien pudiera oír desde dentro) Ah, Herman.

DD: ¿Se conocieron?

Ahab: Me conoció demasiado bien, pero nunca sospechó que yo le conocía mejor a él.

DD: Fue marinero antes de escritor.

Ahab: Sí. En 1841 se embarcó en el Acushnet, ballenero de verdad. Conoció el olor, el hambre, los arpones, la cubierta que se vuelve resbalosa cuando la sangre cae. Desertó en las Marquesas, vivió entre isleños, navegó en un buque de guerra. Volvió con historias hasta en los bolsillos.

DD: Y escribió Moby-Dick en 1851.

Ahab: Escribió una novela de pesca y se le llenó de Dios. Eso pasa cuando un hombre lee a Shakespeare en una cabaña demasiado pequeña.

DD: El libro no tuvo éxito inmediato.

Ahab: No. Lo leyeron poco y mal. Dijeron que era desordenado, excesivo, raro. Tenían razón, desde luego. Pero confundieron el desorden de una tormenta con el desorden de un cajón. Una tormenta también es caótica, señor de la Tinta, pero nadie se atreve a decirle que debería estar mejor editada.

DD: Melville murió casi olvidado.

Ahab: Murió en 1891, trabajando de inspector de aduanas. Inspector de aduanas. ¿Se imagina? El hombre que había creado el mar más grande de la literatura revisando cajas y formularios en Nueva York. Cuando murió, algunos periódicos pusieron “Henry Melville”, como si ni el nombre les hubiera quedado.

DD: Y décadas después fue redescubierto.

Ahab: Cuando ya no podía cobrar regalías, ni responder cartas, ni corregir a los académicos. La posteridad es una mujer que llega a la cita con flores cuando ya cerraron el ataúd.

DD: Es curioso, capitán. A veces pienso que el mundo ha sido injusto con usted y con el señor Melville. Pero mirándolo bien, me pregunto si no habrán sido ustedes, los artífices del desastre, los que han sido injustos con el mundo.

Ahab: (Detiene su caminata. El viento azota su abrigo). Explíquese, hombre de tinta. La historia real la escriben mis hombres con los brazos rotos y las manos llagadas por el cabo del arpón. ¿Qué injusticia hay en contar eso?

DD: La injusticia de la desmesura. Nantucket era una comunidad de cuáqueros industriosos, hombres de paz que fundaron un negocio próspero basados en la paciencia y el cálculo. El mar real era una autopista comercial de grasa, barriles y contabilidad. Pero ustedes lo convirtieron en un purgatorio. Transformaron un oficio rudo pero ordinario en una epopeya teológica. ¿No es injusto reducir el esfuerzo de miles de marineros cuáqueros a la locura de un solo anciano mutilado?

Ahab: (Se apoya en la borda, mirando el agua negra). La realidad, Don Desiderio, es una deuda que nadie quiere pagar en efectivo. A la historia le encanta la contabilidad y sobre todo la comodidad, pero a la memoria del hombre le apasiona el fuego. Sí, los cuáqueros querían la paz, pero solo dentro del horizonte que alcanzaba su propia mirada, querían aceite para iluminar las lámparas de las salas de Massachusetts. Pero las lámparas no encendían con aceite, sino con sangre y lágrimas más allá de ese horizonte. Y esas mismas lámparas solo retrasaban la noche; no explicaban la oscuridad, pero si aclararon quién es el injusto.

DD: ¿Entonces admite que el Pequod es una exageración?

Ahab: El Pequod es la verdad desnuda. La sensatez de los comerciantes de Nantucket es solo un barniz. Melville —o quien sea que esté dictando esta farsa desde su escritorio— no fue injusto con la historia; fue honesto con el horror. Le quitó el disfraz de “negocio” a la matanza. Fuimos al fin del mundo a clavarle hierro a su “dios dinero” en el lomo, y pretendíamos volver a casa a tiempo para el té del domingo y encima que leyeran nuestro libro. Eso sí es una injusticia con la lógica. Y eso fue lo que no gustó.

DD: (La niebla empieza a devorar la proa del barco). Capitán. Si la ballena gana… si la profecía de las cuerdas de cáñamo y los coches fúnebres es real… ¿valió la pena que la literatura lo rescatara del olvido a cambio de su vida?

Ahab: (No responde de inmediato. Sube un pie a la borda de madera podrida por las metáforas y mira fijamente el abismo blanco que se abre en el océano). El olvido es un mar sin olas, caballero. Prefiero que me recuerden maldiciendo al monstruo que me devoró, a ser un nombre borrado en una lápida gris de Nantucket que nadie visita.

El lector y la ballena

DD: ¿Qué cree que es Moby Dick?

Ahab: Depende de quién pregunte.

Para el niño, es una ballena gigante.

Para el predicador, es el Mal.

Para el profesor, es la Naturaleza, Dios, el capitalismo, el colonialismo, la blancura, el inconsciente o un seminario de catorce semanas.

Para el pescador, es una mala jornada.

Para mí… (calla) para mí fue una manera de no mirar la casa vacía.

DD: ¿La casa vacía?

Ahab: Tengo esposa. Tengo un hijo. Pasé tres años en tierra después de perder la pierna y no pude quedarme. Mi mujer hablaba y yo oía el agua. Mi hijo caminaba y yo veía una sombra bajo su cuna. Un hombre puede soportar una ausencia, pero no puede soportar el silencio que deja. Así que volví al mar y encontré una excusa blanca, enorme y con dientes.

DD: ¿La ballena fue una excusa?

Ahab: Todo enemigo lo es, si uno mira desde bastante lejos. Pero solo cuando se mira de cerca, se comprende que ese enemigo es un mismo. Y es uno quien lo encarna en el ser más inocente, es una forma de condenación anticipada.

DD: Eso es demasiado terrible Capitán.

Ahab: Lo es mientras no sea capaz de reconocerlo señor de la Tinta, pero yo fui capaz de reconocerlo en esos últimos instantes de luz en medio de sangre salada y gritos de terror. No sé si todavía vivo. No sé si hubiera sido capaz de reconocerlo a la luz de una lámpara de aceite.

El capítulo de las digresiones

DD: Con todo respeto, capitán: hay lectores que se pierden en los capítulos técnicos. El tamaño de los cetáceos, los tipos de arpón, la clasificación de las especies…

Ahab: ¿Se pierden? ¡Que se pierdan! El mar está lleno de cosas que no sirven para la trama. ¿Cree usted que una travesía consiste solo en las escenas importantes? La gente come, remienda, espera, se aburre, discute por una pipa, mira una nube durante tres horas. Melville entendió eso. El que quiere una historia limpia, con principio, nudo y desenlace, que se quede en tierra y mire un reloj.

DD: ¿Entonces recomienda no saltarse los capítulos de cetología?

Ahab: Recomiendo saltarse lo que se le dé la gana. Incluso largarse a TikTok. Un libro grande debe permitirle al lector perderse sin ahogarse. (Mira el horizonte.) Aunque algunos se ahogan igual.

Cuestionario breve, antes de que aparezca algo blanco

DD: Preguntas rápidas, capitán.

Ahab: La rapidez es una superstición de gente que tiene puerto.

DD: ¿Una virtud?

Ahab: La terquedad, si no la miras demasiado cerca.

DD: ¿Un defecto?

Ahab: La terquedad, si la miras de frente.

DD: ¿La mejor comida a bordo?

Ahab: Café hirviendo a las cuatro de la mañana, cuando todavía no has decidido odiar el día.

DD: ¿La peor?

Ahab: El chowder de Nantucket. Lo hacen con pescado, galleta y una tristeza protestante que no se disuelve ni con el ron más añejo.

DD: ¿Qué piensa de las gaviotas?

Ahab: Son chismosas. Saben antes que nadie dónde está la desgracia y llegan puntuales.

DD: ¿Y de los lectores que dicen que usted es “tóxico”?

Ahab: (se queda inmóvil) ¿Que soy qué?

DD: Tóxico. Una influencia dañina. Un hombre que arrastra a otros a su ruina por su incapacidad de procesar el dolor.

Ahab: (medita) Es una palabra fea, pero precisa. Dígales que sí. Dígales que no sigan a un capitán que convierte una herida en destino. Y dígales también que, si alguna vez sienten ganas de hacerlo, por lo menos lleven chaleco salvavidas y se vean ellos mismos en su espejo.

La cuenta pendiente

En ese momento, desde la cofa llegó un grito. No fue el grito famoso; fue peor, porque fue un grito contenido, como si el vigía hubiera visto una deuda acercándose.

Ahab alzó la cabeza. El aire cambió. Los marineros, que hasta entonces habían fingido trabajar, dejaron de fingir. Starbuck apareció desde la sombra de la cabina y miró al capitán con esa tristeza paciente de los hombres que ya saben que van a perder la discusión.

DD: Capitán… ¿es ella?

Ahab: (muy despacio) No. Ella no viene. Ella ya está aquí desde hace años.

Se volvió hacia mí. Por primera vez desde que abordé el Pequod, parecía cansado. No viejo: cansado de una manera más antigua.

Ahab: Señor de la Tinta, escriba esto sin adornarlo. El monstruo no siempre está afuera. A veces uno le pone un nombre, le construye un barco y le entrega una tripulación, solo para no admitir que lleva años alimentándolo en la oscuridad.

DD: Lo escribiré.

Ahab: No. Usted lo olvidará a tiempo, como todo el mundo. Eso también es ser humano.

El grito llegó entonces, completo, quebrando la mañana:

—¡Blanco a estribor!

Ahab no corrió. Nadie con una pierna de marfil corre, y tal vez por eso los hombres como él dan tanto miedo: avanzan despacio, seguros de que el mundo va a esperarlos.

Bajé al bote de regreso mientras el capitán se dirigía a la proa. Detrás de mí, el Pequod comenzó a moverse con una determinación que no era del viento ni de las velas. Era la determinación de una historia que ya conoce su final y, aun así, se niega a dejar de navegar hacia él.

— Por ✒︎ Don Desiderio, Don Desiderio escribe despacio porque cree que las prisas producen adjetivos innecesarios.

Nota de la redacción de Letras y Autores: consta que Moby-Dick; or, The Whale fue publicada en 1851 por Herman Melville; que Melville navegó en el ballenero Acushnet en 1841; que el personaje de Ahab fue inspirado, en parte, por marinos reales como George Pollard Jr. y Samuel Comstock; que la novela recibió una acogida tibia o francamente hostil y que Melville murió en 1891 sin ver su consagración literaria. Consta que el aceite de ballena iluminó ciudades enteras y que las naves balleneras reunían tripulaciones multinacionales en condiciones brutales. La pierna de marfil con opiniones propias, el chowder protestante y el capitán que acepta una entrevista por miedo al silencio pertenecen a esa otra jurisdicción donde las cosas no sucedieron como se cuentan pero son verdad.