Homero canta desde hace unos veintiocho siglos. No concede entrevistas, no tiene representante y no responde correos. Esta conversación no ocurrió, pero está documentada en cada casa donde alguien haya leído en voz alta el verso donde la aurora asoma sus dedos de rosa.

Homero: Tenían que inventarlo (entrevista exclusiva)

Nuestro corresponsal de asuntos improbables, Don Desiderio de la Tinta, consiguió lo que ningún filólogo alemán logró en doscientos años: una tarde de conversación con el autor de la Ilíada y la Odisea. La cita fue en una taberna que existe simultáneamente en Esmirna, en Quíos y en la trastienda de cualquier librería que se precie. Sirvieron vino con agua, como debe ser. El entrevistado llegó tarde, pero llegó cantando.

Entrevista: Don Desiderio de la Tinta

Don Desiderio de la Tinta: Maestro, antes que nada: gracias por venir.

Homero: (se sienta con una lentitud administrativa, apoya el bastón contra la mesa, olfatea el aire) Hay vino y hay aceitunas. Ya estamos en el buen camino. Los antiguos decíamos que a un huésped se le da de comer antes de preguntarle quién es. Ustedes los modernos hacen la entrevista primero y el café después, y por eso les salen tan malas las entrevistas.

DD: Tomo nota. Empecemos por lo incómodo. Dicen las buenas lenguas que usted no existió.

Homero: (Se acaricia la barba y sonríe ciegamente) ¡Ah, las “buenas lenguas”! Esas deben ser las de los filólogos alemanes del siglo XIX, obsesionados con actas de nacimiento y contratos editoriales. Déjame decirte algo: si existo o no en carne y hueso importa muy poco. Yo existo en cada persona que se emociona con la furia de Aquiles o con el ingenio de Odiseo. Si fui un solo hombre ciego cantando con su lira, o si fui una legión de poetas rebeldes que unieron sus voces a lo largo de los siglos, ¿qué más da? El nombre “Homero” es el hogar de la memoria de Grecia. Mientras mis versos se sigan recitando, yo sigo respirando. Así que aquí me tienes, hablando contigo.

DD: Es una respuesta hermosa.

Homero: La tengo ensayada. Llevo dos mil ochocientos años dándola. La primera vez me salió peor, te lo aseguro.

DD: Pero permítame insistir, porque el lector es morboso: ¿usted es uno o son muchos?

Homero: Mira, te lo voy a explicar como se lo expliqué a un señor Wolf que vino a verme muy nervioso en 1795. Tú tienes un río. El río de tu ciudad. Le pones un nombre. Ese nombre significa: el agua que pasa por aquí. Pero el agua de hoy no es la de ayer. Nunca fue la misma. Y sin embargo el río existe, y te ahogas en él perfectamente. (Pausa y bebe un poco de vino.) Yo soy el nombre del agua que pasó por ahí.

DD: ¿El señor Wolf quedó satisfecho?

Homero: El señor Wolf escribió cuatrocientas páginas. Los alemanes nunca quedan satisfechos, quedan documentados. La propia historia me da la razón.

Las siete ciudades

DD: Siete ciudades se disputan haber sido su cuna: Esmirna, Quíos, Colofón, Salamina, Rodas, Argos, Atenas.

Homero: Ocho. Siempre se olvidan de Ítaca, que se apunta sola aunque nadie la invite.

DD: ¿Y cuál es la verdadera?

Homero: (largo silencio) ¿Sabes lo que es curioso? Que cuando yo andaba vivo y con hambre, ninguna de esas siete ciudades me dejó dormir bajo techo. Mendigué en cinco de ellas. En una me echaron a los perros. En otra me dieron pan duro y me dijeron que cantara más bajo porque estaban durmiendo los niños. (Sonríe.) Ahora tienen museos con mi cara. Una cara, además, que se inventaron: ese busto de las cuencas vacías y el pelo de filósofo enfurecido. Yo era más flaco. Y tenía mejor nariz, grande y hermosa.

DD: Eso es amargura.

Homero: Eso es oficio. Todo poeta sabe que la ciudad que te expulsa es la que después te pone la placa. Es un trato. No está escrito en ninguna parte, pero está.

Sobre la ceguera y otros rumores

DD: ¿Fue usted ciego de verdad?

Homero: (se inclina hacia adelante, baja la voz) Te voy a confesar algo y no lo pongas… bueno, ponlo. Ser ciego era la mejor credencial del gremio. Si un cantor ve, la gente piensa: este está leyendo algo, este copia, este tiene un papelito escondido. Si un cantor no ve, la gente piensa: a este se lo dictan los dioses. (Se recuesta.) Yo no veo. Eso es cierto. Pero la ceguera no me hizo poeta. Me hizo memorioso, que es distinto y mucho más trabajoso.

DD: Se dice que la memoria era su verdadero instrumento.

Homero: Mi único instrumento. La lira era decorativa. (Golpea la mesa con dos dedos.) Fíjate: la gente cree que los versos repetidos — “la aurora de rosados dedos”, “Atenea la de ojos de lechuza”, “Aquiles el de los pies ligeros”— son adornos. No. Son andamios. Son los descansos del que carga el edificio en la cabeza. Cuando yo decía “la aurora de rosados dedos”, en realidad estaba diciendo: señores, denme tres segundos que estoy recordando lo que sigue. Aún no se habían inventado las falsetas, ¿sabes lo que digo?

DD: ¿Muletillas?

Homero: Arquitectura. Tú tienes un archivo en un aparatito de bolsillo y crees que eso es memoria. Yo tenía veinticuatro cantos en el cráneo y ni un solo respaldo. Si me caía del burro, se perdía la guerra de Troya.

El asunto de las armas y el hombre

DD: Hablemos de la Ilíada. Es un poema sobre la guerra, pero muchos dicen que es un poema contra la guerra.

Homero: Es un poema sobre un hombre enojado que arruina a todo el mundo, incluido él. Cada época le pone la etiqueta que necesita. Los espartanos lo leían como manual militar. Los románticos lo leían como grito de libertad. Los pacifistas lo leen como denuncia. Los guionistas lo leen buscando la escena del caballo, que no está.

DD: Eso quería preguntarle. El caballo de Troya no aparece en la Ilíada.

Homero: ¡No aparece! (Levanta las manos.) ¡Ni el caballo, ni la caída de la ciudad, ni el talón de Aquiles! Nada de eso está. Y sin embargo, cada quince años viene alguien a felicitarme por el caballo. Yo ya ni corrijo. Digo “gracias” y me sirvo más vino.

DD: ¿Le molesta?

Homero: Al contrario. Es la prueba de que la cosa funcionó. Cuando la gente te atribuye lo que no escribiste, es que dejaste de ser autor y te convertiste en clima. Nadie le pide papeles al clima.

DD: Y el spoiler…

Homero: ¡Ah, eso sí lo reclamo! (Se anima.) Yo inventé el spoiler y lo inventé bien. Verso uno de la Ilíada: la cólera de Aquiles, que causó infinitos males y arrojó al Hades muchas almas valerosas. Ya está. Ahí te dije el tema, el tono y el saldo de muertos. Verso I de la Odisea: cuéntame del hombre que anduvo mucho tiempo errante. Ya sabes que anda perdido y que la historia es larga. (Golpea la mesa.) ¿Y sabes por qué lo hacía? Porque la sorpresa es un truco barato de gente que no confía en su propia voz. Yo te digo el final desde el principio y aun así te quedas hasta el amanecer. Eso es cantar.

Sobre Odiseo, el problemático

DD: Su personaje más querido.

Homero: Mi personaje más tramposo. Que no es lo mismo, aunque suele coincidir.

DD: ¿Le tiene simpatía?

Homero: Le tengo respeto profesional. Odiseo es un mentiroso genial. Miente por costumbre, miente cuando no hace falta, le miente a su propia mujer estando ya en su casa, le miente a su padre anciano y llorando por él. (Se ríe.) Yo lo hice así porque los cantores somos exactamente eso: gente que se gana la vida contando cosas que no pasaron con detalles que sí parecen ciertos. Odiseo es mi autorretrato. Aquiles es mi juventud. Néstor es ese pariente anciano que ustedes tienen en los cumpleaños y en las cenas de Navidad: el que interrumpe una pelea familiar para contar por décima vez cómo sobrevivió a una crisis en los años setenta. No diré de que siglo. (Se vuelve a reír mientras bebe más vino.)

DD: ¿Y Penélope?

Homero: ¿Cuál Penélope, la del bolso de piel marrón?

DD: (Pausa.)

Homero: (Otra pausa) Penélope es la única persona inteligente del poema. Teje de día, desteje de noche, y con eso mantiene un reino entero en suspenso durante veinte años. Odiseo mata a los pretendientes en una tarde. Penélope los contuvo con costura. Dime tú cuál de las dos hazañas requiere más carácter.

DD: Sin embargo, la tradición lo celebra a él.

Homero: La tradición celebra el ruido. Yo escribí las dos cosas. Que cada quien lea lo que aguante.

Cuestiones editoriales

DD: Maestro, hablemos de dinero. ¿Cobró usted alguna vez derechos de autor?

Homero: (carcajada larga, tos, más vino) Cobré cenas. Cobré una capa de lana en Quíos. Cobré, una vez, un lechón entero en una boda, y esa noche canté como no he vuelto a cantar. Los derechos de autor los inventaron mucho después, y con notable puntería: los inventaron justo cuando yo ya no podía reclamarlos.

DD: Usted es hoy uno de los libros más vendidos de la historia.

Homero: Y no he visto un dracma. (Se encoge de hombros.) Está bien así. Si me hubieran pagado, habría escrito una tercera parte, y las terceras partes son la ruina de los buenos poemas. Mira lo que le pasó al hombre del hobbit.

DD: ¿Ha leído a Tolkien?

Homero: Me lo han recitado. Me gustó el pantano. Los pantanos son míos, pero el suyo estaba muy bien hecho.

Colegas, herederos y ladrones

DD: Virgilio.

Homero: Buen muchacho. Muy correcto. Muy latino. Tomó mis dos poemas, los mezcló, los ordenó y les puso un propósito imperial. (Suspira.) A mí eso del propósito nunca me salió. Llegué a cobrar un lechón sí, pero nunca un chayote . Yo cantaba lo que pasaba. Él cantaba lo que convenía. Aun así, cuando llega a la parte del incendio de Troya, se le olvida el imperio y le sale poeta de verdad. Ahí lo perdono todo.

DD: Dante lo puso a usted en el Limbo.

Homero: Con espada en la mano y a la cabeza de los poetas. Un detalle de buena educación. El Limbo no está mal: no hay tormento, solo un suspiro permanente. Se parece bastante a una colección de letras clásicas.

DD: ¿Y James Joyce?

Homero: (se endereza) ¡Ese irlandés! Ese me metió en Dublín, me convirtió en un vendedor de anuncios y me hizo recorrer una ciudad entera en un solo día para volver a una cama donde mi mujer piensa en otro. (Pausa.) Es la cosa más cruel y más exacta que le han hecho a mi poema. Le mandé una lechuza de felicitación. Nunca contestó, pero él tampoco veía bien, así que lo entiendo.

DD: ¿Le molestan las adaptaciones?

Homero: Me molesta una sola cosa: cuando hacen a Helena tonta. Helena no era tonta. Helena sabía perfectamente lo que estaba haciendo y sabía perfectamente lo que le iba a costar, y aun así lo hizo, y luego se sentó a tejer un manto donde bordaba las batallas que se peleaban por su causa. (Golpea la mesa.) ¡Ella también era una poeta! ¡Estaba narrando la guerra mientras la guerra ocurría! Nadie ve eso. Todos ven la cara.

El catálogo de las naves

DD: Debo preguntarlo. El canto segundo de la Ilíada. El catálogo de las naves. Doscientos y pico de versos enumerando contingentes, capitanes y aldeas.

Homero: (silencio incómodo) ¿Tenía que sacar el tema?

DD: El lector lo exige.

Homero: El lector se lo salta, que es distinto. (Suspira.) Mira, te explico. Yo cantaba en fiestas. En cada fiesta había señores importantes. Cada señor importante quería oír el nombre de su pueblo en el poema. Si no lo oía, no había cena.

DD: ¿Me está diciendo que el catálogo de las naves es publicidad?

Homero: Te estoy diciendo que es supervivencia, que es la forma antigua de la publicidad. Y te digo otra cosa: gracias a esa lista de aldeas insoportables, hoy los arqueólogos saben cómo era el mapa de Grecia en la Edad del Bronce. (Sonríe con malicia.) El pasaje más aburrido del poema resultó ser el más útil para el usuario (UX). Así es la posteridad: te premia por lo que hiciste con desgana un martes por la noche para que te dieran de comer.

Preguntas del cuestionario breve

DD: Rápido, maestro. ¿Verso favorito?

Homero: El de las hojas. “Como las generaciones de las hojas, así las de los hombres.” Lo escribí joven y no lo entendí hasta viejo.

DD: ¿Dios más insoportable del Olimpo?

Homero: Ares. Grita mucho y no sabe pelear. Atenea le gana siempre y él va a llorarle a su papá.

DD: ¿Mejor traducción de su obra?

Homero: La que alguien lee en voz alta. Cualquiera. La peor traducción leída en voz alta le gana a la mejor traducción leída en silencio. Mis versos no son para los ojos. Nunca lo fueron. Ustedes me metieron en una página y todavía me duele la espalda.

DD: ¿Qué opina de la escritura?

Homero: (se ríe) Que es un gran invento para gente con mala memoria. Un día alguien me dijo: maestro, si escribiéramos esto, se conservaría para siempre. Y yo le dije: joven, si lo escribimos, nadie va a tener que aprendérselo. (Pausa.) Tenía razón él, tenía razón yo, y los dos perdimos.

DD: Última: ¿la guerra de Troya ocurrió?

Homero: (se toma su tiempo, gira la copa) Hubo una ciudad. Hubo un incendio. Hubo hombres que murieron por razones que sus nietos no entendieron. Eso ocurre cada cincuenta años en todas partes. (Se inclina.) Lo que yo hice fue ponerle nombre a los muertos. Trescientos y pico de nombres, muchos que aparecen solo para morir en dos versos: fulano, hijo de mengano, que criaba caballos junto a tal río, y le entró la lanza por la boca y le rompió los dientes blancos, y cayó, y la oscuridad le cubrió los ojos. (Silencio.) Esa es la única guerra que me importaba: la que le gana un nombre al olvido. Si eso pasó de verdad o no, pregúntaselo a los arqueólogos. Yo estoy en otro negocio.

Despedida

Don Desiderio pidió la cuenta. El tabernero informó, sin levantar la vista, que la cuenta estaba pagada desde 1488 por un impresor veneciano y que quedaba saldo suficiente para la propina.

Homero se puso de pie con dificultad. Tanteó el bastón. Antes de salir, se volvió hacia la mesa.

Homero: ¿Cómo dijiste que se llama tu revista?

DD: Letras y Autores, maestro.

Homero: Pónganle uno corto. Los nombres largos no se recuerdan y lo que no se recuerda no existe. (Se ajusta el manto.) Y otra cosa, muchacho: no me cites bien. Cítame mal, cítame de memoria, invéntame frases. Así es como he llegado hasta aquí.

Salió a la calle. Afuera había una luz rara, de aurora, aunque eran las siete de la tarde. Un perro viejo lo siguió sin que nadie lo llamara, cojeando un poco, con esa lealtad terca que solo tienen los perros de Ítaca.

— Por ✒︎ Don Desiderio, Don Desiderio escribe despacio porque cree que las prisas producen adjetivos innecesarios.

Homero canta desde hace unos veintiocho siglos. No concede entrevistas, no tiene representante y no responde correos. Esta conversación no ocurrió, pero está documentada en cada casa donde alguien haya leído en voz alta el verso donde la aurora asoma sus dedos de rosa. Los datos verificables —las siete ciudades, las fórmulas orales, el catálogo de las naves, la ausencia del caballo en la Ilíada— constan. El vino, el perro y la cuenta pagada por el impresor veneciano pertenecen a esa otra jurisdicción donde las cosas podrían no haber sucedido pero son verdad.