Don Desiderio de la Tinta consiguió subir a bordo del Rayo, un bergantín de casco negro, velas negras y farol de popa negro que fondea en las noches de tormenta frente a cualquier costa donde alguien esté leyendo un libro prestado. El encuentro se pactó por señas. El caballero Emilio di Roccabruna, señor de Ventimiglia, recibió a nuestro corresponsal en su camarote a la luz de una vela, vestido de terciopelo negro y con encajes de Flandes en el cuello, como si el trópico fuera una opinión que no piensa aceptar.
Entrevista: Don Desiderio de la Tinta
Don Desiderio de la Tinta: Caballero, gracias por recibirme. Debo decirlo: Estamos a treinta y dos grados y usted está de terciopelo.
El Corsario Negro: (sin moverse) Sí.
DD: ¿Puedo preguntar por qué?
Corsario Negro: Puede preguntar. (Larga pausa. Se sirve vino español en una copa de plata.) Mire, caballero gentilhombre, un hombre puede perder la patria, los hermanos, el título, la fortuna y la mujer que ama. Todo eso lo perdí, y en ese orden, que es el peor de los órdenes posibles. Lo único que no se pierde es el estilo. El estilo es lo último que se pierde.
DD: Es una respuesta melancólica.
Corsario Negro: Es una respuesta con estilo. (Una pausa.) Además el negro adelgaza.
Sobre el asunto del nombre
DD: Empecemos por lo básico. Usted se llama Emilio di Roccabruna, señor de Ventimiglia. Pero el mundo lo conoce como el Corsario Negro.
Corsario Negro: El mundo conoce el color. Es lo que pasa con los apodos: te resumen. Yo tenía dos hermanos: el Corsario Rojo y el Corsario Verde. Éramos tres nobles piamonteses arruinados y nos alguien osó convertirnos en un semáforo.
DD: (ríe) ¿En un qué?
Corsario Negro: No sé lo que es. Me lo dijo un lector de 1961 y me pareció gracioso, así que lo repito. Uno anda muerto muchos años y va recogiendo chistes ajenos.
DD: A mi me recordaban a Parchís.
Corsario Negro: (Pausa)
DD: (Más pausa.) Sus hermanos murieron ahorcados.
Corsario Negro: (deja la copa) Los ahorcó Van Gould, el duque flamenco, el gobernador de Maracaibo, el hombre que nos vendió en Flandes cuando servíamos al mismo rey. A mi hermano el Rojo lo colgaron en la plaza y lo dejaron balanceándose para que los cuervos hicieran el resto. Yo entré esa noche en Maracaibo con dos hombres, remando en silencio, y me lo llevé.
DD: Ese es el pasaje más famoso de su historia.
Corsario Negro: Ese es el pasaje donde yo dejé de ser una persona. (Silencio.) Puse a mi hermano en una barca, la cubrí de negro, encendí un farol y la eché al mar. Y entonces, sobre el agua, con la mano en el cadáver, juré. Juré exterminar a Van Gould y a toda su familia, y que si algún día perdonaba a uno solo de su sangre, que Dios me hundiera el barco y me mandara al fondo.
DD: Un juramento excesivo.
Corsario Negro: Un juramento puntual. Ese es el problema. Los excesivos no se cumplen, se olvidan. Los puntuales te encuentran.
El asunto de Honorata
DD: Caballero, tengo que preguntarlo.
Corsario Negro: Lo sé. Todos tienen que preguntarlo. Llevan más de trescientos años preguntándolo. Adelante.
DD: Usted rescató a una joven de un barco holandés. Se llamaba Honorata de Van Guld. Se enamoró de ella. Y luego descubrió que era la hija del hombre que había ahorcado a sus hermanos.
Corsario Negro: (muy quieto) Sí.
DD: Y la puso en una chalupa, sola, de noche, en pleno mar, y la dejó ir.
Corsario Negro: Sí.
DD: ¿Por qué?
Corsario Negro: (se levanta, camina hasta el ventanal de popa, mira el agua negra) Porque había jurado sobre el cuerpo de mi hermano y no supe inventar una salida ante mis hombres. (Pausa larga.) Fíjese usted qué cosa: yo era el hombre más temido del Caribe. Había tomado ciudades. Había hecho temblar a gobernadores. Y frente a esa muchacha lo único que se me ocurrió fue obedecerme a mí mismo. Que es la forma más estúpida de la obediencia, porque el que manda es un idiota que juró de madrugada con un muerto en los brazos.
DD: Sus propios hombres se lo reprocharon.
Corsario Negro: Carmaux lloraba. Van Stiller, que era hamburgués y por lo tanto no lloraba nunca, lloraba. Moko, que era un gigante africano capaz de cargar un cañón, se puso de rodillas. Los tres, mis tres amigos, mis tres únicos amigos, me miraron esa noche como liberándome de tan atroz juramento.
DD: ¿Y usted?
Corsario Negro: Yo di la orden con la voz firme y bajé a este camarote y estuve tres días sin abrir la puerta. (Vuelve a sentarse.) Le voy a decir una cosa que no le he dicho a nadie, ni siquiera a Salgari. Yo no juré por vanidad. No juré porque fuera un caballero de honor rígido, como escriben los prólogos. Juré porque no sabía llorar. Un hombre que no sabe llorar tiene que hacer algo con lo que le sobra, y yo hice un juramento. Eso es todo. Toda mi leyenda es un llanto mal resuelto.
Sobre el oficio
DD: Cambiemos de tema, que se nos está poniendo la vista nublada. Hablemos de piratería.
Corsario Negro: Corso. No piratería. (Levanta un dedo.) Es una distinción importante y nadie la respeta. El pirata roba por cuenta propia. El corsario roba con papeles. Yo tenía patente. Yo era un ladrón legal, que es la única clase de ladrón que la historia perdona.
DD: ¿Y en la práctica hay diferencia?
Corsario Negro: En la práctica, la diferencia es que si te agarran con la patente te fusilan y si te agarran sin la patente te cuelgan. Es una distinción sobre todo postural.
DD: Su compañero de armas más célebre fue Pedro el Olonés.
Corsario Negro: (hace un gesto) El Olonés. Sí. Un hombre extraordinario y un carnicero. Tomó Maracaibo, tomó Gibraltar, aterrorizó a media Tierra Firme. Yo peleé a su lado y le debo la vida dos veces.
DD: ¿Eran amigos?
Corsario Negro: Éramos socios, que entre capitanes en el Caribe era lo más parecido a la amistad que había en existencia. El Olonés mataba por costumbre. Yo mataba por agenda. (Bebe un sorbo.) Él terminó, según cuentan, despedazado y devorado por los indios del Darién. Yo terminé de nuevo en Piamonte, con título recuperado y la casa llena de silencio. No sé cuál de los dos finales es peor. Él tuvo uno; yo tuve cuarenta años.
Tortuga y la vida práctica
DD: Usted operaba desde la isla de la Tortuga.
Corsario Negro: La Tortuga era una república de hombres imposibles. Franceses, ingleses, holandeses, portugueses, negros cimarrones, indios caribes, curas expulsados, médicos borrachos, notarios prófugos. Nadie preguntaba de dónde venías. Todos sabían que la respuesta iba a ser triste.
DD: ¿Había reglas?
Corsario Negro: Había una sola y era sagrada: el reparto. Antes de zarpar se firmaba el reparto del botín. Tanto para el capitán, tanto para el timonel, tanto para el carpintero, tanto para el cirujano. Y —esto le va a gustar— tanto para el que perdiera un brazo, tanto para el que perdiera una pierna, tanto para el que perdiera un ojo. Con tarifa. Estaba escrito.
DD: Un seguro médico.
Corsario Negro: Un seguro médico entre asesinos, doscientos años antes que en las fábricas de Manchester. (Sonríe por primera vez.) Nunca me han perdonado eso los que escriben la historia. Que los peores hombres del mundo hubieran inventado la cosa más decente.
DD: Dicen que usted está basado en Brazo de Acero, de Vicente Riva Palacio.
Corsario Negro: (Pausa. Sirve más vino en su copa.) Puede ser. Pero con estilo.
Cuestionario breve del camarote
DD: Vamos con preguntas rápidas, caballero.
Corsario Negro: Rápidas no sé contestar. Contestaré lentamente pero seré breve, que no es lo mismo.
DD: ¿El mar es hermoso?
Corsario Negro: El mar es indiferente, que a los veinte años parece lo mismo que hermoso.
DD: ¿Le teme a algo?
Corsario Negro: A la calma chicha. Una tormenta te mata en dos horas. La calma te mata en tres semanas y te obliga a conocerte.
DD: ¿Qué lleva siempre encima?
Corsario Negro: Una espada de Toledo, dos pistolas y un pañuelo de Honorata que no me sirve para nada y que no he podido tirar. Los hombres duros somos gente que guarda pañuelos.
DD: ¿Loros?
Corsario Negro: (con desprecio infinito) Eso lo inventó un escocés tuberculoso muy simpático llamado Stevenson y nos arruinó la reputación a todos. Nadie tenía un loro. ¿Sabe usted lo que hace un loro en un barco de guerra? Grita cuando estás abordando en silencio. Un loro es una traición con plumas y un peligro para mi camisa de seda.
DD: ¿Pata de palo?
Corsario Negro: Eso sí. Eso abundaba. Pero no era pintoresco, señor mío. Era el carpintero del barco serruchándote la pierna con la sierra de la madera y echándote brea hirviendo en el muñón, mientras cuatro hombres te sujetan y el cirujano —que era el mismo carpintero— te da ron para que te desmayes antes de tiempo. (Pausa.) La pata de palo es lo que queda cuando el chiste ya pasó.
DD: ¿Tesoros enterrados?
Corsario Negro: Jamás. Ni uno. En toda la historia del Caribe casi nadie enterró un tesoro, y le voy a explicar por qué, y es la razón más humana de todas: porque en cuanto tocaban puerto se lo gastaban. En tres noches. En vino, en juego y en mujeres. Eran hombres que podían morir el martes. ¿Para qué iban a enterrar la plata? (Se recuesta.) El tesoro enterrado es una fantasía de gente con jubilación.
El hombre que nunca navegó
DD: Caballero, quiero hacerle una pregunta delicada.
Corsario Negro: Ya me hizo la de Honorata. Después de esa, todas son fáciles.
DD: ¿Conoció usted a Emilio Salgari?
Corsario Negro: (muy largo silencio. Deja la copa. Junta las manos.) Lo conocí como se conoce a un padre: mal, tarde y de espaldas.
DD: Él lo escribió a usted.
Corsario Negro: Él me inventó a mí, y yo, a cambio, no pude hacer nada por él. Ese es el saldo. (Se pone de pie.) Escuche bien esto y póngalo entero, sin arreglarlo. Ese hombre escribió ochenta libros. Escribió el Caribe, la Malasia, el Índico, la India, el Polo. Escribió mares que jamás olió. Nunca navegó, señor. Nunca. Se puso “capitán” delante del nombre y no era capitán de nada: había hecho un curso náutico que no terminó y un solo viaje corto por el Adriático. Todo lo demás lo sacó de mapas, de diccionarios, de enciclopedias y de un hambre feroz de horizonte.
DD: Y sin embargo funciona.
Corsario Negro: Funciona porque el que nunca ha visto el mar lo describe con más cuidado que el que lo ha visto. El que estuvo ahí se confía. El que no estuvo, verifica cada ola. (Golpea la mesa.) Yo he conocido marinos de verdad que no sabían contar una tormenta. Salgari contaba tormentas que a mí me daban miedo, y yo estaba dentro de ellas.
DD: Él tuvo una vida difícil.
Corsario Negro: Tuvo una vida miserable. Trabajaba a destajo, tres novelas por año, cobrando una porquería, con los editores encima como tiburones. Su mujer enfermó. Él escribía de noche con dolor de todo. Y un día de 1911 salió al monte de Turín con una navaja y terminó con el teatro, apuñaló a sus propios personajes, y dejó una carta a sus editores diciéndoles que se habían enriquecido con su piel mientras él y su familia vivían en la miseria, y les pedía —esto es lo que me destroza— que al menos le pagaran el funeral.
DD: (silencio)
Corsario Negro: (se vuelve al ventanal) Yo, mientras tanto, era el hombre más rico del Caribe. Tenía galeones. Tenía perlas de Margarita. Tenía joyas de Maracaibo en la bodega de este mismo barco. (Pausa.) Y no le pude mandar una moneda. Ni una. Esa es la única impotencia verdadera que he sentido en mi vida, y he visto ahorcar a mis dos hermanos.
DD: ¿Le guarda rencor a alguien?
Corsario Negro: A los editores de Génova y de Florencia, y sé sus nombres, y los tengo escritos en un papel en este cajón, y algún día, cuando la eternidad se organice mejor, pienso abordarlos. Le he enviado una carta a Sandokán, sé que contaré con su ayuda.
DD: ¿No los dejará abandonados en una chalupa en mitad del mar?
Corsario Negro: (Silencio.)
Sobre la posteridad
DD: Millones de niños en Hispanoamérica, en Italia y en España crecieron leyéndolo.
Corsario Negro: Eso me lo han dicho. Y me han dicho también quiénes: Che Guevara me leía. Gabriel García Márquez me leía. Umberto Eco me leía y después escribió un ensayo explicando que Salgari escribía mal, pero lo escribió con una ternura que lo delataba. Neruda me leía. Borges, no. Borges prefería a Stevenson, que era mejor escritor y peor compañía. ¿Pero, sabe algo? nada de eso me importa, no me importó nunca. Me importan todos esos niños que de grandes querían ser piratas.
DD: ¿Le importa que digan que Salgari escribía mal?
Corsario Negro: (se encoge de hombros) Escribía apurado, que no es lo mismo. Repetía adjetivos. Ponía “flexible como una pantera” cada catorce páginas. Copiaba descripciones de la enciclopedia y a veces se le notaba la letra. (Levanta la copa.) Y aun así: usted está aquí, a bordo, de noche, hablando conmigo. Ningún estilista impecable ha conseguido nunca que un niño de once años se quede despierto hasta las tres de la mañana con una linterna bajo las sábanas. Eso lo consiguió un señor pobre de Verona que no sabía nadar.
Despedida en cubierta
Subimos a cubierta. La noche era espesa y no había estrellas, o las había pero el barco no las admitía. Carmaux y Van Stiller jugaban a los dados junto al palo mayor y discutían sobre si comprar un loro. Moko, enorme, mudo, sonreía apoyado en la borda.
DD: Última pregunta, gentilhombre. ¿Volvería a hacerlo? ¿El juramento, la venganza, la chalupa?
Corsario Negro: (mira el mar mucho tiempo) Todas las noches, desde hace ciento y pico de años, me hacen esa pregunta y todas las noches contesto que no. (Pausa.) Y todas las mañanas amanezco vestido de negro.
Bajé por la escala de cuerda a la lancha que me esperaba. Cuando estaba a unas veinte brazas, volví la cabeza. El Rayo seguía ahí, negro sobre negro, con un solo farol encendido en la popa.
Y entonces vi —o creí ver, que en el Caribe es exactamente lo mismo— que a lo lejos, muy lejos, sobre el agua, iba flotando una chalupa pequeña con una figura de mujer sentada muy erguida, sin remos, sin miedo, avanzando en dirección contraria a todas las corrientes conocidas.
No se lo dije. Más tarde apareció en una isla remota. Toda una Reina de aquellos caribes. Un hombre no tiene derecho a enterarse de que su castigo terminó. Mientras comienza otro.
— Por ✒︎ Don Desiderio, Don Desiderio escribe despacio porque cree que las prisas producen adjetivos innecesarios.
Nota de la redacción: lo que consta y lo que se cuenta. Consta que El Corsario Negro fue publicada por Emilio Salgari en 1898, que su protagonista es Emilio di Roccabruna, señor de Ventimiglia, y que el ciclo continúa en La reina de los caribes, Yolanda, la hija del Corsario Negro y El Corsario Rojo. Consta que Salgari escribió más de ochenta novelas y doscientos relatos, que ambientó sus obras en mares que nunca navegó, que trabajó bajo contratos abusivos, que su esposa Ida enfermó gravemente, y que se quitó la vida en la colina de Val San Martino, en Turín, el 25 de abril de 1911, dejando una carta a sus editores en la que les reprochaba haberse enriquecido con su trabajo y les pedía que costearan su entierro. Consta también el reparto de heridas entre los Hermanos de la Costa y consta la escasez casi absoluta de tesoros enterrados. El terciopelo negro a treinta y dos grados, la lista de editores guardada en un cajón y la chalupa que navega contra todas las corrientes pertenecen a esa otra jurisdicción donde las cosas no necesariamente sucedieron pero son verdad.
