El dinero es un fantasma de papel

El dinero es un fantasma de papel que nos asusta solo cuando decide desaparecer.

En Villarreal del Monte hubo una vez un hombre llamado Aurelio Cifuentes, que fue el más rico de la comarca y el único que no supo nunca de qué color eran las flores ni cuánto valía una sonrisa.

Aurelio había empezado pobre, como empiezan casi todos los avaros: con hambre y con vergüenza. A los once años vendía leña. A los veinte prestaba a interés. A los treinta y cinco era dueño del molino, de la casa del molinero y de la deuda del molinero, que es la más rentable de las tres. A los cincuenta mandó construir en el sótano de su casa una habitación sin ventanas, con una puerta de hierro y tres cerraduras, y allí dentro guardó lo que él llamaba, sin ironía ninguna, “su vida”.

Bajaba cada noche con un candil. Contaba. Volvía a contar. No para asegurarse —jamás faltó nada—, sino porque contar era lo único que le producía una sensación parecida a la paz. Las monedas crujían entre sus dedos con un sonido seco, que ya ni rebotaba en unas paredes hartas de tanta cotidianidad, un sonido metálico que se unía al anterior. Aurelio nunca reparó en eso.

Mientras tanto, pasaban los años.

Un martes de noviembre, un vendedor ambulante de flores le ofreció un ramo tan fresco que parecía primavera.

—Mire —le dijo—. Son rojas.

Aurelio miró el reloj.

—Son flores muertas —contestó—. Apártate.

El hombre se apartó, pero antes de irse hizo una cosa incomprensible: se rio. No con burla. Se rio como se ríen los niños cuando descubren que el mundo tiene colores gratis. El vendedor volvió a mirar sus propias flores y siguió caminando.

Aquella risa se le quedó a Aurelio pegada en algún sitio del pecho, como una astilla diminuta, y por la noche, contando, se equivocó dos veces.

Se enfadó mucho consigo mismo por eso.

En marzo vino la viuda de Ramiro Sáez. El marido le había firmado a Aurelio un papel tres inviernos atrás, y el papel seguía vivo aunque Ramiro no.

Ella no lloró al principio. Habló de la sequía, del hijo enfermo, de que en dos cosechas podría, de verdad podría. Se le fue quebrando la voz por la mitad, como se quiebra una rama que aguanta demasiado tiempo el peso de la nieve, y entonces sí, entonces lloró, y las lágrimas le cayeron sobre el dorso de las manos, que tenía agrietadas.

Aurelio miró aquellas gotas.

Y tuvo —esto no se lo confesó jamás a nadie— un pensamiento extraño, casi religioso: “que allí, en esas gotas como de rocío salado, había algo que él no poseía”. Duró lo que dura un parpadeo. Después el pensamiento se fue y quedó la aritmética, que es más cómoda.

—El papel es el papel, señora.

Le quitó la casa en abril. Bajó al sótano esa misma noche y añadió lo cobrado al montón. Un montón que otra vez crujió, seco y metálico, y él durmió de un tirón.

Al día siguiente, fue a casa de otra mujer a la que le debía un par de frascos de miel. Una señora que vivía al día, si bien no le debía nada.

—No se preocupe, solo son dos frascos, si no tiene cambio, ya me pagará después.

Aurelio se retorcía ante cada amable insistencia. Esta amabilidad de la mujer, no solo derrotaba su orgullo como se podría pensar. También le ponía un espejo en la cara.

Y sobre todo, delante de su alma.

Una señora que vivía al día era capaz de desprenderse de dieciocho monedas con total generosidad, mientras él no era capaz de hacerlo con únicamente dos monedas.

Pasaban los años y su fortuna crecía.

Los sonidos metálicos, cada vez más pesados, también.

Llegó el frío y recordó a su hijo muerto. Recordó a la pobre madre, muerta también. Aquella escena de juventud donde él se escondía como lo hacen los hombres sin valor, mientras ella le cobraba lo que no se mide en dinero, ni consta en un papel.

Otro de sus hijos, el que estaba vivo, fue a ver al hijo de la misma señora generosa de los dos frascos de miel. Requería de un servicio, pero antes recalcaba con insistencia que no tenía dinero para pagar; sí para lo demás. Mientras que al hijo de la señora le faltaban dos dientes, porque tampoco tenía dinero con que pagar.

Tampoco para lo demás.

—Es justo cobrar por mi trabajo.

—Yo te conseguiré más trabajo, pero para pagarte no tengo.

Una tarde de octubre —la última tarde tibia de aquel año,— Aurelio pasó por la plaza y vio al mismo vendedor de flores, riéndose con otros junto a la fuente. Y vio a la viuda de Ramiro, que servía en la posada, y que también se reía, porque la gente se ríe incluso después, incluso si no tenían casa; es una cosa que los avaros nunca terminan de entender.

Aurelio se quedó parado en medio de la plaza mucho rato.

Luego bajó al sótano y no vio nada. Esos papeles que se iban convirtiendo en cadenas, solo hacían ruido. Aurelio no se extrañó de nada, y en plena consciencia lo aceptó. Ya no tenía nada que contar.

Ahora podía aprovechar el tiempo estando de visita, en lugares que nunca había querido ver.

El papel es el papel. Y las deudas son las deudas.

Lo encontraron en enero, cuando el frío obligó a echar la puerta abajo.

Estaba sentado en el suelo, con la espalda contra la pared de piedra y el candil apagado a su lado, y alrededor de él, no había nada.

Hasta el ruido ya se había ido, pero el terror de los deudos fue el contemplar ese cuarto tan vacío.

¿Cómo fue que desapareció todo el dinero?

Nadie supo explicarlo, así que se decidió, como se decide siempre en los pueblos, que era mejor no hacerlo.

Lo enterraron sin sermón. El ya viejo vendedor ayudó a cargar el ataúd, sin rencor, porque en esos casos, hasta las cadenas más pesadas se cargan sin perder el afán. La viuda de Ramiro rezó por él, y la señora de los frascos ofreció una novena a la que ni ella ni su hijo, ya de franca sonrisa, faltaron en ninguna ocasión.

Tal vez todo esto fue lo único que Aurelio recibió gratis en toda su existencia y lo único que le habría servido de algo.

Y cuando el enterrador echó la primera palada, empezó a nevar.

— ✒︎ El Tlacuache— , prosavejero y recolector de cachivaches.