Los billetes son hojas secas que no conocerán la primavera

Los billetes son hojas secas que los hombres persiguen creyendo que el otoño durará para siempre.

A don Ezequiel le dijeron, cuando era joven, que los billetes eran hojas secas; pero él se rió. Entonces trabajaba en un banco y contaba dinero todo el día. Con los años, sin embargo, empezó a notar que los billetes crujían como hojas, volaban con el viento y se doraban con la luz de octubre.

Una tarde, al salir del banco, vio una hoja caer del castaño de la plaza. Se agachó y, en lugar de hoja, levantó un billete. Luego otro. Y otro.

—El otoño ha comenzado —se dijo—, y no tendrá fin.

Desde ese día dejó de trabajar. Salía al amanecer con una bolsa de arpillera. Recorría parques, calles, mercados, persiguiendo hojas secas que eran billetes. Las atrapaba en el aire, las sacaba de los charcos, las despegaba del asfalto. En casa, las atesoraba en el desván. No compraba nada. No compartía nada. Solo contaba y apilaba.

Con el dinero seco llegaron las polillas. Al principio eran pocas; después, miles. Ezequiel no sabía qué hacer con ellas. Las espantaba, pero volvían. Comían la ropa, los muebles, el papel moneda. Aun así, él seguía juntando.

Un día, su sobrino lo esperaba en el jardín. Le sonrió con la boca sin dientes y le mostró un dibujo: un sol amarillo, un árbol, un padre que no conoció. Ezequiel no miró. En la sonrisa del niño había algo que ningún banco podía emitir, pero él no lo reconoció.

—Después —murmuró, y subió al desván con su bolsa.

Otro día, su hermana viuda lo visitó. Tenía los ojos rojos. Le contó que no podía pagar la leña, que su hijito tenía frío. Ezequiel sintió el fajo de billetes en el bolsillo, tibio como un pájaro seco. Pero pensó: no me alcanza; debo guardar para cuando el otoño se acabe. No le dio nada. Las lágrimas de la viuda cayeron al suelo, redondas y saladas, pero él ya no sabía leer ese idioma.

Pasaron los meses. Una mañana, Ezequiel abrió la ventana y el castaño estaba desnudo. El viento ya no olía a tierra húmeda, sino a escarcha. Corrió al desván y abrió las cajas: dentro no había billetes. Había polvo, alas rotas, polillas muertas. Las hojas secas se habían convertido en nada.

Bajó las escaleras gritando el nombre de aquel niño. La casa estaba vacía. Salió a la calle y preguntó por su hermana. Una vecina le dijo que habían muerto de frío esa misma semana.

Ezequiel se sentó bajo el castaño pelado. El cielo era una lámina de hierro. Entonces comprendió que su verdadero Dios había estado en la sonrisa del niño y en las lágrimas de la viuda, y que él lo había dejado pasar por perseguir hojas secas.

El invierno siempre llega.

Fin.

— Por ✒︎ Don Desiderio, Don Desiderio escribe despacio porque cree que las prisas producen adjetivos innecesarios.