Don Desiderio de la Tinta viajó a los llanos de Jalisco buscando la Media Luna, pero en el camino solo encontró polvo, calor y un silencio que se partía por el viento. La cita fue en el portal de una casa que se cae a pedazos, iluminada por un sol que parece detenido en las cinco de la tarde desde hace setenta años. Pedro Páramo llegó arrastrando las espuelas, vestido de blanco rigor, sombrero de palma que cubría una cara con la piel curtida y la mirada fija en un punto que queda más allá de uno. No nos ofreció asiento, pero nos dejó oír el murmullo. La conversación ocurrió entre murmullos. Eso hay que aclararlo desde ahora. En Comala, hasta las sillas murmurran. Durante toda la charla, desde debajo de la tierra, las voces no pararon de contar cosas que nadie les preguntó.
Entrevista: Don Desiderio de la Tinta
Don Desiderio de la Tinta: Don Pedro, gracias por recibirme. Hace un calor de infierno aquí.
Pedro Páramo: Aquí no hay infierno, señor. Lo que hay es falta de lluvia. El infierno es un lugar con gente; esto es solo piedra caliente y recuerdos ajenos. Siéntese, si encuentra dónde. Las sillas se fueron con los que las compraron fiadas.
DD: No he visto entrar a nadie, pero siento que nos escuchan.
Pedro Páramo: (no se inmuta) No nos escuchan. Nos oyen. Son los murmullos. Gente que se quedó a medio decir algo. Yo les pagué con silencio toda la vida y ahora me cobran con palabras. (Enciende un cigarro de hoja) Es el único sindicato que no he podido romper.
DD: Dicen que Comala está llena de fantasmas.
Pedro Páramo: Dicen muchas cosas. Los vivos son muy dados a ponerle nombre a lo que no entienden. Aquí no hay fantasmas. Hay ecos. Gente que se murió creyendo que iba a descansar y se encontró con que el purgatorio también es un pueblo con chismes. Ni muertos dejan a uno en paz.
El asunto de la tierra
DD: Hablemos de su hacienda, la Media Luna.
Pedro Páramo: La Media Luna era bonita antes. Ahora es puro esqueleto. Yo pasé mi vida juntando tierra. Me gustaba saber que todo lo que pisaba era mío. Los llanos, las milpas, las casas, las gallinas, la gente. Todo se puede comprar si uno tiene la paciencia y la mala leche necesarias.
DD: ¿Por qué la tierra?
Pedro Páramo: Porque la tierra no te juzga. Aguanta todo. Le echas semilla y te da maíz. Le echas muerto y te da polvo. Es la única cosa decente que hay. Los animales también mueren. Las mujeres se van con otro. Los hijos te salen caros. La tierra se queda ahí, callada. Dicen que esperando a que te mueras para quedárselo todo de nuevo.
DD: Usted despojó a mucha gente de sus tierras. Colindó con todos y no perdonó a nadie.
Pedro Páramo: El mundo es así, amigo. Si no chingas, te chingan. Yo nada más fui más rápido que los demás. Y no vaya usted a creer que fue tan fácil: uno tiene que levantarse temprano para arruinar a un vecino y después cuidarse las espaldas, no vaya a ser. Aunque lo mejor es quedarse en casa o no decir a donde va.
Los hijos y la semilla
DD: Se dice que usted tuvo muchos hijos. Unos dicen que cientos.
Pedro Páramo: No los conté. Las mujeres iban a la Media Luna por un costal de frijol o por no sé qué, y yo les daba lo que pedían. Y a veces, sin que ellas lo planearan, les daba un hijo también, esas cosas pasan. Era una forma de pagar de más. Si yo le contara, sembré muchachos como quien siembra maíz, y ni siquiera me tomé la molestia de ir a cortar la mazorca.
DD: ¿Nunca quiso a ninguno?
Pedro Páramo: Quise a Miguel. Lo quise a mi manera, que es la peor manera. Lo hice prepotente, lo hice matón, le di rienda suelta. Y cuando se mató cayendo de un caballo por andar de borracho… bueno, ahí me di cuenta de que hasta mi apellido se me estaba muriendo solo.
DD: Y Juan Preciado, su hijo legítimo, el que vino a buscarlo hace cien años…
Pedro Páramo: No era mal muchacho, pero venía con los mismos ojos de su madre. Y Dolores, su madre, me había enseñado a no querer a nadie.
DD: Usted no lo conoció.
Pedro Páramo: No me dio tiempo. Entró al pueblo y en vez de venir derecho a la Media Luna, se dejó llevar por los murmullos. Se hospedó en la casa de Doña Eduviges, que es casa de muertos. Y los muertos le fueron contando su historia y la mía, y entre tantas voces se le llenó la garganta de ajenjo y no pudo respirar. Se murió sin conocerme. Eso tiene de bueno la muerte: le ahorra a uno visitas incómodas.
DD: ¿Y no sintió usted nada?
Pedro Páramo: Los muertos sienten como sintieron en vida.
DD: ¿Fue el único de sus hijos que vino a buscarlo a Comala?
Pedro Páramo: ¡Faltaría más! (contesta mientras suelta una bocanada.) Pero fue el que vino con mejores intenciones. Eso sí que ni qué.
La mujer de la lluvia
DD: Don Pedro, hablemos de Susana San Juan.
Pedro Páramo: (se queda completamente quieto. El cigarro se le apaga solo) Susana. (Pasa un largo rato en silencio. Las voces bajo la tierra parecen calmarse un momento.)
DD: ¿Está bien?
Pedro Páramo: Susana vivía en la luna. O en el agua. No sé. La conocí de niña y la esperé treinta años. Treinta años haciendo crecer la Media Luna, mandando matar gente, casándome con una que no quería… todo para que cuando ella volviera, tuviera dónde vivir. Y cuando volvió, ya no estaba. Se le había ido la cabeza en los cerros, buscando a Florencio, un marido que se le murió en la inundación.
DD: Usted la cuidó hasta el final.
Pedro Páramo: La cuidé. Como se cuida una planta que no da flor. Le hablaba y ella oía voces. Le daba de comer y ella masticaba recuerdos. Cuando se murió, yo me quedé mirando el techo. Y luego me acordé de que era mi pueblo. Y le dije a todo el mundo que se fueran mucho a la chingada.
DD: ¿Por qué dejó morir Comala?
Pedro Páramo: Yo no maté a Comala. La dejé morir de hambre. Me crucé de brazos y la dejé que se secara. Los que se quedaron, quesque se murieron de hambre o otros dicen que se fueron. Y los que se murieron aquí, pos no tenían a donde ir ni donde sembrar. Por eso se quedaron nomás a molestarme. Pero el otro día uno que pasaba me contó que estaban bien y que nomás miraban, pos sabe… tal vez es solo su recuerdo quien me molesta. Comala es un velorio sin muerto y yo soy el único de luto.
Sobre la revolución
DD: Usted fue revolucionario.
Pedro Páramo: Fui listo. Vinieron los de Villa, vinieron los carrancistas, y yo les di dinero, les di caballos y les di permiso de pasar. Ellos creyeron que me estaban respetando y yo lo que hacía era pagarles el boleto de salida. Los revolucionarios son como las plagas: llegan, arrasan, piden café y se van. Yo les puse la mesa y se fueron.
DD: ¿No le importaba la causa?
Pedro Páramo: La única causa que tuve medía metro sesenta y cinco, pesaba cincuenta kilos, y se llamaba Susana. Todo lo demás eran pretextos para andar de cabrón.
DD: ¿Y después?
Pedro Páramo: (Silencio profundo mientras enciende otro cigarro.) ¡Ah! pues fíjese usted: después si me calaron las cosas. No se puede decir que me uní a la causa pero sí que me despaché a uno que otro federal.
El cuestionario del murmullo
DD: Unas preguntas rápidas, don Pedro.
Pedro Páramo: Rápidas no sé, y a mi no me ande usted carrereando, ¿pos luego? Pero hable.
DD: ¿Qué come por aquí?
Pedro Páramo: Nada. Aquí uno se alimenta de lo que no dijo en vida. Es una dieta pesada.
DD: ¿Olor favorito?
Pedro Páramo: La tierra cuando se moja. El olor a lluvia sobre el polvo. Es lo único que se parece al perdón.
DD: ¿La peor herencia que recibió?
Pedro Páramo: El silencio de mi padre, muerto en un camino, y la imposibilidad de cobrársela a alguien. Porque uno se venga a lo grande, pero el hueco del primer muerto no se llena con ahorcados.
DD: ¿Qué le hubiera gustado ser?
Pedro Páramo: El dueño de todas las lluvias. Para que Susana no se asustara.
DD: ¿Qué opina del padre Rentería?
Pedro Páramo: Lo que opinaba antes ya no lo opino ahora.
DD: ¿Cree en Dios?
Pedro Páramo: Siempre creí, pero siempre decía que aquí nunca se apareció cuando la sequía. Esas son las palabras que más me pesan ahora y pos ni cómo corregirlas. Andaba tan metido en mis asuntos que pensaba que la lluvia era normal.
DD: ¿Y en el diablo?
Pedro Páramo: El diablo era yo. O lo tuve dentro. Ahora soy el encargado de la funeraria y nadie me paga.
DD: Una palabra para el lector.
Pedro Páramo: No vengan a Comala. O vengan. Da igual. El que entra ya estaba muerto desde antes.
El inventor de fantasmas
DD: Don Pedro, quiero preguntarle por Juan Rulfo. Su relación con él.
Pedro Páramo: (el nombre le provoca una mueca) Rulfo. Sí. Un tipo chaparrito, flaco, que fumaba tanto como yo y que hablaba menos. Se sentaba en una silla a mirar la pared y cuando se paraba, ya me había escrito otra vez.
DD: ¿Le caía bien?
Pedro Páramo: Ni bien ni mal. Lo vi llorar una vez, frente a una máquina de escribir, cuando se le murió un perro en un cuento. Él decía que los perros no ladran, nomás miran. Y tenía razón. Ese hombre se pasó la vida rodeado de muertos. Yo creo que los muertos lo buscaban porque él olía a velorio desde niño.
DD: Su familia murió cuando él era chico.
Pedro Páramo: Se le murieron todos. El papá en la revolución, la mamá poco después, los tíos, los abuelos. A los diez años ya era un experto en cementerios. Por eso inventó Comala. Porque en su casa no cabían tantos muertos y tuvo que hacerme un pueblo a la medida.
DD: El libro no se vendió bien al principio.
Pedro Páramo: Al principio nadie lo entendió. Decían que era raro, que no se sabía quién hablaba, que los muertos no podían narrar. Se ve que no han ido a Jalisco. Allá los muertos hablan más que los vivos. Después se vendieron algunos y se ve que lo compro uno quesque colombiano. Pero Juan ya no escribía novelas. Se dedicó a manejar camiones, a ir al cine, a tomar café. Cuando le preguntaban por qué no escribía otra, decía que se le había muerto el tío Celerino, que era el que le contaba las historias.
DD: ¿Es cierto eso?
Pedro Páramo: ¿Y a mí qué me cuenta? Yo soy de mentiras. Pregúntele a los académicos. Esos se hacen los que saben todo lo que yo nunca dije.
DD: ¿De mentiras?
Pedro Páramo: (Mira al suelo y lo patea levemente.) Bueno, ahora sí que me agarra usted en curva. ¿Pos qué le voy a decir? Ora verá… soy el único que cupo en Comala, pero lo que sobran son pueblos.
El último trago
De pronto, don Pedro se puso de pie. Miró hacia la puerta del portal, como si alguien viniera a buscarlo. Un viento caliente levantó el polvo del suelo. Las voces de pronto sonaban como antes sonaban los domingos.
DD: ¿Pasa algo, don Pedro?
Pedro Páramo: Ahí viene Abundio.
DD: ¿Quién?
Pedro Páramo: El arriero. El que me mató. Me hizo pagar a puñaladas todas las que había hecho, pero llegó un momento en que ya no había con qué.
Y entonces ocurrió algo que no esperaba. Don Pedro Páramo empezó a desmoronarse como aquel que no sabe pedir perdón. No fue una caída. Fue como si los huesos se le volvieran arena y la carne se le hiciera tierra. La camisa blanca se arrugó sobre sí misma y cayó al suelo, vacía. El sombrero rodó hasta mis zapatos.
Pedro Páramo: (la voz se le oyó desde el suelo, ya sin cuerpo, como un susurro de grillos) Dígales que no me recen. Dígales que si alguien va a Comala, no busque la Media Luna. Que se siente en el zaguán a esperar que Susana salga a barrer. Y que no le crean nada a mis hijos. Todos salieron mentirosos, como su padre.
Quise ayudarlo a levantarse, pero no había nada que levantar. Solo polvo. Un montón de piedras pequeñas, un cigarro apagado y el sonido de un murmullo que decía: “Dorotea, ¿te acuerdas de mí?”
Salí de Comala de noche. En el camino me crucé con un arriero borracho que cantaba una canción donde decía que la vida no vale nada. Le pregunté por el pueblo. Me dijo que Comala está en ruinas, que lleva setenta años en ruinas, y que la gente de allá se murió de hambre o se fue p’al norte.
Le pregunté por Pedro Páramo.
Me miró con unos ojos que parecían de vidrio y me dijo:
—¿Pedro? Ese ya ni existe. Está muerto desde hace mucho. Pero no se preocupe, aquí sigue molestando.
Y siguió cantando.
Y entonces comenzó el crepúsculo, un crepúsculo lento, como de lástima. El pueblo fue soltando murmullos por todas las esquinas: voces que venían de las bardas, de los cuartos, de una palangana rota, de un retrato descolorido en la pared de la sacristía. Voces de mujeres que recordaban. Voces de ahorcados que se ajustaban la corbata. Voces de un padre que no supo rezar. Y en medio de todo, la voz más delgada, la más alta, la más rota: una niña que hablaba de la brisa, de gaviotas, de un mar que nunca conoció y de una paloma que se equivocó.
— Por ✒︎ Don Desiderio, Don Desiderio escribe despacio porque cree que las prisas producen adjetivos innecesarios.
Nota de la redacción: consta que Pedro Páramo fue publicada por Juan Rulfo en 1955; que Rulfo nació en Sayula, Jalisco, en 1917; que su padre y su madre murieron cuando él era niño, durante los años de la Revolución y la Guerra Cristera; que antes de esta novela publicó El Llano en llamas (1953); que la obra recibió críticas adversas en su primera edición y que tardó años en ser reconocida como una de las cumbres de la literatura en español; y que Rulfo, tras su consagración, prácticamente dejó de publicar ficción. Consta también que la novela está narrada por voces de muertos y que en ella el tiempo no avanza: solo da vueltas, como un perro buscando dónde echarse a morir. El cigarro que se apaga solo, la piedra de Abundio cayendo eternamente y el arriero que canta en la carretera pertenecen a esa otra jurisdicción donde las cosas no sucedieron pero son verdad.
